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Jun 302011
 
LOS ÁUREOS SILENCIOS DE ANTONIO LÓPEZ

por Diego Vadillo López Revista Niram Art Aquello que decía aquel acerca de si Madrid era un poblachón manchego, que si tralarí, que si tralará… tiene su plasmación en las instantáneas incluso más urbanitas de Antonio López: el paisaje descarnado se muestra expandido en un gris perla, a su vez perlado de neones sobre un asfalto espiritual que remite, con la mediación del de Tomelloso, al espíritu de un tiempo que fue y que aún aflora en los más recónditos parajes del foro. Madrid se ha ido haciendo con las aportaciones de quienes, como Antonio López, en uno u otro momento, arribaron a ella, porque siempre ha sido una ciudad acogedora y sincrética. La visión pictórica de Antonio López nos ofrece una ciudad cuyo movimiento se vuelve plácido; cadencioso. Antonio López desestresa la urbe: refleja los poros de una realidad sin zozobra ni fatiga. La mirada de pintor es idiosincrásica (como el brazo de tenista), y la de Antonio López conjuga el tormento de querer conciliar la premisa con el resultado y con la campechanía del hombre sabio de campo al que siempre queda un dejo de melancolía y un algo de insatisfacción. Antonio López convida a Madrid a un slow en cada obra que le dedica. Hace de su día a día febril una postal de lenta deglución. Es imposible que un cuadro de Antonio López se nos atragante. Dueño de esa elegancia (la real) no trabajada, la que aflora de lo sencillo-austero sin pedirle permiso a su inquilino, ofrece en cada pincelada trazos […]