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Feb 012012
 

Por Diego Vadillo López, Revista Niram Art

El progreso humano en el correr de los siglos ha ido actuando sobre la epidermis planetaria. Las masas de cemento y hormigón han ido paulatinamente poblando incluso los terrenos “a priori” menos barajables como adecuados para la edificabilidad.

Así las cosas, los nacidos en territorio urbano, hemos crecido transitando calles y avenidas muchas de cuyas paredes se mostraban grafiteadas con más o menos fortuna. Cuando el resultado era feliz, la calle, a su vez, era elevada a la categoría de pinacoteca o galería pictórica; cuando no, no sólo quedaba malograda la obra, también la propia vía pública resultaba condenada a ofrecer su faz más desapacible, perdido el buen gusto por entre el indecoroso e intrincado garabateo.

Según pude leer por ahí, inscrito en el propósito de Rami Meiri (excelso muralista israelí) está el hacer brotar sonrisas por doquier y embellecer los entornos urbanos. Y, por lo visto en las instantáneas que muestran sus trabajos, seguro que lo consigue, ya que cada mural es a la vez una obra magistralmente acabada y un dechado de ingenio y fino humorismo.

Además, las obras portan un sello muy determinado, en cuanto a trazo y color.
Hay una pared, de las abordadas por Meiri, que me llama especialmente la atención, una en la que, jugando con las perspectivas y lo escalonado del muro, con sólo trazar unas franjas en un tono más claro que el de la pared, consigue lo que acaban resultado ante el ojo humano escalones. Sublimando la cuestión diríamos que parecieran destellos de divinidad que se han posado en el muro con el objeto de epatarnos.

También desafía Meiri, al menos visualmente, las leyes físicas, haciendo parecer las paredes de un material más blando al tacto.

Gusta el artista de crear ilusiones adaptando lo existente a su temperamento creativo y creacionista.
Meiri es un extractor de maravillas ocultas tras el manto de la pardusca realidad.

Parece agradar al de Tel Aviv teñir el campo visual de la masa urbana paseante con la magnificencia de sus creaciones en tonos apastelados.

Es un travieso sugeridor de posibilidades emparentadas con el ensueño plausible el tal Meiri. Pone el traje de cóctel a los muros de cemento, hormigón y ladrillos; dignifica su emplazamiento y justifica, ahora sí, su situación en el entorno deshumanizador de la gran ciudad.

Quien haya tenido y tenga la oportunidad de observar los maravillosos murales de Rami Meiri pensará, quizá no con las mismas palabras, pero sí parecidas: “una deliciosa urticaria de técnica y color les ha salido a las fachadas”.