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Feb 012012
 

por Héctor Martínez Sanz, Revista Niram Art

Acto cotidiano donde los haya, despertar, levantarse y hacer la cama. A veces he pensado cómo es posible haber llegado a semejante revoltijo de tela a lo largo de la noche. Tan sólo recuerdo su estado de perfección racional y geométrica al hundirme entre ellas y el caos que en la mañana gobierna a las sábanas. Pero es un acto enfermizo, de necesidad de orden, el devolverles su estiramiento, borrar sus arrugas y los caprichos de los pliegues nocturnos. No había reparado aún en las ondulaciones, en las curvaturas que impresas todavía figuraban las partes de mi cuerpo, en el dibujo que trazaban como soporte de mis sueños. Algunos duermen y apenas se mueven. Sus sábanas quedan como estaban al principio, impolutas de cualquier requiebro del cuerpo y el subconsciente. Otros nos retorcemos de lado a lado, vuelta y vuelta, hasta cartografiar el mundo que se ve con los ojos cerrados. Un mapa, ciertamente, indescifrable, pero que con la debida ciencia aún no inventada, sería posible traducir. Pocas veces recordamos el sueño, en breves destellos cuatro imágenes y un guión improvisado con grandes lagunas entremedias. Sin embargo, ahí están las sábanas para decirnos cuan inquietos o tranquilos soñamos, desvelando una intimidad mayor incluso que el desnudo del cuerpo. Ahí, entre las telas, colchas y edredones, queda una huella más nuestra que nuestro porte físico, más verdadera que aquélla que nos esforzamos en enseñar cotidianamente a los demás.

La intuición me la sugiere la serie de obras “Sábanas” (2006-2010) de la artista Rita Martorell. En sus manos cenitales las sábanas se han convertido en un espacio interior, en un volumen que da expansión a la mente onírica, en túneles –Sábana I, 2006 y Sábana III, 2010- hacia otro mundo en el que el hombre se abandona cuando la consciencia se apaga. Entre líneas y volutas barrocas, rayando en lo gótico en algunos casos, glamorosos rosáceos y púrpuras nos acogen y sumergen con formas de surrealismo abstracto, engalanadas y luminosas. No obstante, las Sábanas de Martorell resbalan con acentuada simetría, tienen un centro de gravedad del que carecen las mías. No se trata de la sábana cual quedara, sino de un juego estético perfectamente elaborado y que parece influenciarse del psicodiagnóstico de Roschard –Sábana IV, 2006 o Sábana VII, 2008-. No deja de ser curioso que este último sea un método que se halla en la frontera de lo científicamente riguroso y lo estéticamente apreciable. Y en el caso de Martorell, diríamos que también. Sin ser una prueba científica de la personalidad, sino un trabajo artístico equilibrado y original, ¿qué duda cabe que nos lleva hacia nosotros mismos? La indefinición y la constante pareidolia nos provoca, como el test, a intentar generar algo figurativo, formas reconocibles, antes que quedarnos con lo indeterminado e irreal. Algo en lo que jamás nos esforzamos cuando nos cubrimos por las sábanas o apoyamos la cabeza en el almohadón. Por ello, la serie Sábanas prácticamente se sitúa en el límite mágico, en la aduana de caros impuestos, entre la consciencia y el subconsciente, como quien rapta un momento enigmático del sueño y lo pone ante los ojos despiertos.

Próxima en elaboración al ready made, e intermediado por la fotografía y la digitalización, no descontextualiza el objeto tal como hicieran Duchamp y compañía, sino que lo prolonga en su sentido hacia los estados de ánimo y la sensación. La sábana, dentro de su universo semántico, se despliega en sugerentes composiciones caleidoscópicas –Sábana XIV, 2010- y surrealistas, donde los ejes de luz y sombra intensifican la alusión a la quimera, y la sutilidad gobierna la dirección de las formas. Su sentido de sábana, antes que perderse a favor de lo artístico, refuerza su insinuación metafórica intencional. Una insinuación que tiene más de refugio íntimo e intransferible que de erotismo. No me resultan ser las sábanas de la pareja, sino las sábanas de uno solo, de un único ser según se precipita hacia el sueño, que se metamorfosean en inspiradas apariencias y representaciones de la imaginación.

Las Sábanas de Martorell se alejan, de esta manera, de otras experimentaciones contemporáneas del ready made más agresivas y decadentes desde “Cama” (1955) de Robert Rauschenberg, hasta la polémica “Cama” (1998) de Tracey Emin. Muy al contrario, Rita Martorell desprende la pureza de un color inmaculado y la integridad de las formas en una construcción viva y positiva, a caballo entre la realidad y la fantasía. Nos traslada texturas tersas y suaves, y con éstas la impresión cómoda y relajada del espacio creado.

Martorell ha trabajado incesantemente sobre el hombre y su cuerpo. De hecho, juntas la serie Cuerpos y la serie Sábanas, fueron el núcleo de la exposición “Live your Dreams” en Milán, a comienzos de este año. Ahora bien, en Sábanas, se centra en la ausencia del cuerpo y su sola evocación como habitante de las telas, cuya configuración la artista confecciona con trazos de profunda poesía. El hombre sigue presente, aunque transfigurado en la inmaterialidad de su mente, abriéndonos como espectadores a un espacio inaudito. La invitación de Rita Martorell no puede ser más vitalista: Vive tus sueños.

Y ahora, ¿quién volverá a atreverse a recomponer la cama al volver de los sueños sin echar una mirada a su dibujo? Quizás la cama esté deshecha, pero es muy probable que una obra de arte se haya realizado por medio de nuestro contorno. Las sábanas guardan siempre algo más que nuestro calor al recostarnos y envolvernos con ellas. Entre ellas nos depositamos, y en ellas, al renacer del nuevo día, queda la imagen, cual sábana santa, de un hombre y sus ilusiones, que viene del calvario y se prepara para la resurrección siguiente. Probablemente, sean las sábanas el mejor lienzo y el mejor autorretrato posible en el arte.