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Feb 012012
 

Por Diego Vadillo López, Revista Niram Art
Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense de Madrid en la especialidad de Relaciones Internacionales


Habitualmente se suele producir una confusión entre lo judío, lo hebreo y lo israelí. Se equiparan los tres conceptos y se emplean como sinónimos con suma frecuencia, incurriéndose en errores que, por nimios que puedan parecer, son de bulto.

Se suele producir un fenómeno que podríamos calificar de sinecdóquico en el sentido de emplearse habitualmente la parte por el todo. Por ello, trataremos de arrojar cierta luz al respecto a lo largo de las líneas que siguen a éstas.

Habitada por una pequeña comunidad en la antigua época de las grandes civilizaciones anteriores a nuestra era, Israel ocupaba un papel de mera tierra de paso. En dicho contexto, y de forma más racional que mítica, brotarían las sagas, que parafraseaban a los patriarcas del pasado, las cuales propiciarían la aparición del judaísmo, primera religión monoteísta que tanta vigencia sigue teniendo en nuestros días.

No podemos abstraernos de la gran importancia que tuvo aquel credo de una pequeña comunidad del suroeste asiático en las otras dos grandes religiones monoteístas: el cristianismo y el islam.

Cabe destacar aquí la figura de Abrahán, a quien con noventa y nueve años se le apareciera sobre la tierra de Canaán Yahvé llamándolo a ser padre de una multitud de pueblos. Ahí ya queda justificado el tronco común de las tres grandes religiones monoteístas, todas de origen semítico y medio-oriental y con una fe fundada en un Dios único que eligió a Abrahán como patriarca.

Así las cosas, podemos decir que el judaísmo es una religión en principio étnica que logró grande universalismo, sirviendo, además, de contrabasa al cristianismo y al islam. Prueba del tronco común es, por ejemplo, el empleo en el cristianismo de los términos “hosanna” y “amén”, aparte de compartir gran multitud de salmos.

Lamentablemente, los elementos de común procedencia no han servido para evitar el odio teológico que multidireccionalmente se han manifestado las tres religiones. Y es que, como todos sabemos, se entremezclan también asuntos de índole geopolítica, si cabe potenciados por lo sacro de determinadas localizaciones topográficas.

Volviendo a nuestro inicial propósito de desentrañamiento léxico-semántico, conviene, siquiera sucintamente, tratar de dilucidar algunos asuntos un tanto enrevesados como, por ejemplo, si sirve el término judío para referirse a un ciudadano israelí que no profesa tal religión, no en vano ‘judío’ sería un término homónimo a ‘católico’, en alusión a alguien que practica activamente una determinada creencia religiosa. Puede haber una comunidad judía, pero ésta será una comunidad de fe; de una fe, estamos de acuerdo, surgida de una colectividad étnica en un determinado contexto histórico. Por otra parte, israelí será todo ciudadano de hecho y de derecho, profese o no el judaísmo, del estado de Israel.

Otra forma, no menos reduccionista, de aludir al israelí o al judío practicante es la de hebreo. Si el afán se basa en unificar al precio que sea a una colectividad, no sería tal la mejor manera, ya que el hebreo es una lengua, y no hablada ni por todos los practicantes de la fe judía ni por todos los ciudadanos del estado de Israel. Tampoco el yiddish.

Si en empecinado proceder queremos reunir a esa comunidad de hablantes de la lengua hebrea, con los creyentes de la fe judía y a los anteriores con los ciudadanos del estado de Israel basándonos quizá en una común procedencia étnica, aquí también lo tendremos complicado, toda vez que en los tiempos de la antigua Roma miembros de muchas tribus se hicieron judíos a través de la conversión o el matrimonio, de ahí que podamos hallar judíos de procedencia turca (kasares) o etíope (falashas), siendo Israel hoy día un estado plurirracial.

Todo queda, entonces, en un enigma: la misteriosa capacidad de cohesión entre todos los descendientes, de uno u otro modo, de Jacob, padre de las Doce Tribus de Israel, y los allegados a estos. Todos se han erigido en una curiosa comunidad de destino, aun perfectamente integrados en otros países.Así como en Israel hay laicos, en muchas otras partes del mundo hay judíos creyentes.

Dada la complejidad del asunto, pues son muchos los matices de diversa índole que orbitan en torno al judaísmo, no es de extrañar que muchos sean los que aludan a todos los flancos de esta realidad indistintamente con los términos “judío”, “hebreo” o “israelí”, poniendo en evidencia, como en tantas cuestiones, esa tendencia simplificadora muy común en el ser humano.

Fotografía: Natalie Schor