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Dec 102011
 

en la Revista Madrid en Marco


por Amalia Arsenie

 

Pieter Paul Rubens es uno de los más conocidos y más prolíficos pintores del arte flamenco y europeo del s. XVII. Aunque nacido en Alemania, perfeccionó su talento artístico en Italia, trabajando un estilo barroco exuberante de gran dinamismo, destacando el color y la sensualidad. Una de sus mayores influencias se encuentra en el tenebrismo de Caravaggio, junto a lo que cabe destacar el papel jugado por los coloristas venecianos Tiziano y Veronés.

La vida de Rubens parece gobernada por una energía inagotable. A lo largo de cuarenta años realizó casi mil cuatrocientos cuadros y cientos de dibujos. Fue muy estimado por los grandes círculos artísticos de Europa y en las principales Cortes. Su popularidad alcanzó tales cotas que hubo de fundar numerosos talleres en los que los asistentes colaboraban en el acabamiento de las obras encargadas.
Dentro del corpus de su obra se distinguen retratos, temas que abarcan desde la religión, la historia hasta a mitología, expresando en todos ellos la exuberancia barroca y la vitalidad de su espíritu pictórico.
En sus obras, plenas de un color vibrante, Rubens crea un espectacular contraste entre luz y sombra como sucede en “La ascensión a la cruz” (1610) “El descendimiento de la cruz” (entre 1611 y 1614) y en “El sombrero de paja” (1620).
Rubens descubre el arte del dibujo en 1589, en la escuela de Amberes dirigida por Rombai Verdonck. Dos años después empieza a estudiar la pintura en el taller del conocido paisajista Tobias Verhaecht, así como en el taller de Adam Van Noort. Cinco años después, en 1596, será alumno de Otton Van Veen (Vaenicus), pintor de fuertes influencias italianas contemporáneas. A partir de los veintiún años, Rubens viajará por Italia, descubriendo la obra de Tiziano, de Mantegna, Giulio Romano, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Caravaggio.
Ejemplo de sus estudios lo encontramos en “Unión de la tierra y el agua” (1618) El estilo barroco destaca por su riqueza, brillo y fastuosidad. Los pintores utilizaron de forma acentuada el movimiento de las figuras humanas, contrastes de luz y sombras, colores fuertes y saturados, con un equilibrio de composición más dinámico que estático. Prefieren las líneas curvas y sinuosas combinadas con diagonales ascendentes y descendentes frente a las líneas verticales y horizontales empleadas en épocas anteriores.
Estos aspectos del barroco se plasman también en obras de Rubens como, por ejemplo, sucede en “La caza del león” (1621). Siete cazadores, entre ellos tres jinetes, armados con lanzas, espadas y puñales, rodean a dos leones. En ella, el pintor flamenco demuestra su primor artístico con el uso simultáneo de múltiples elementos del imaginario barroco, incluido la repulsa del espacio (horror vacui).
Durante estos años recibe numerosos encargos, varios desde la corte francesa y una serie de pinturas sobre la vida de Maria de Medicis, así como escenas de la vida del emperador romano Constantino y del cónsul Decio Mus. Igualmente se ocupa de los paneles decorativos de la Iglesia de San Carlos de Borromeo de Amberes y del Palacio de Luxemburgo de París.
El “El descendimiento de la cruz” es el panel central de un tríptico, flanqueado por “La visitación de la Virgen” y “La presentación de Jesús en el templo”. El encargo, recibido en 1611, fue realizado por una cofradía de arcabuceros cuyo patrón era San Cristóbal. Dado que éstos le pidieron que su patrón apareciera en la obra, Rubens lo reflejo en las alas posteriores del tríptico, portando al niño, escena que sólo puede contemplarse con el tríptico cerrado (Cristóbal o Cristophorus, en griego significa “el que porta al Cristo”). Este hecho cohesiona las cuatro pinturas. La influencia de Caravaggio es evidente en los contrastes de luz y sombra o entre los tonos cálidos y fríos, y de igual forma en el naturalismo de la ejecución. Ahora bien, carece de dramatismo y destacan en ella aspectos más clásicos, resultado de la cada vez mayor influencia de Tiziano en sus obras. Por otro lado, la obra anterior “La ascensión a la cruz” (1610) delata más la influencia de Tintoretto.
Otra obra fundamental de Rubens es “El rapto de las hijas de Leucipo” (1618), donde encontramos reflejado el dinamismo y el perfecto equilibrio compositivo. La tensión de la obra recae en el instante del prendimiento de las hijas sorprendidas por el rapto. El cuadro despliega energía y fuerza de arriba abajo y parece extenderse hacia fuera. El conjunto se entiende en relación con la mitología griega y el episodio del secuestro por parte de Polux y Castor de las hijas de Leucipo con la intención de casarse con ellas. Esto es relevante, en tanto que muestra un Rubens erudito y conocedor de la cultura grecolatina. En alguna ocasión afirmó que era necesaria una explicación suya para entender la verdad de sus cuadros.
Como hemos dicho, en 1625 Rubens termina con la decoración del Palacio de Luxemburgo en París, encomendado por Maria de Medicis. Una de las obras es “El desembarco de Maria de Medicis en Marsella” (1622-1625) dentro del ciclo que presenta la vida de Maria de Meidicis. Rubens yuxtapone dos planos, el realista y el alegórico, aspecto original y habitual de su estilo. Maria de Medicis se presenta, además de cómo personaje de la Corte Real, junto a personajes mitológicos como las tres gracias, Neptuno y la Fama que sobrevuela en la parte superior del cuadro. En la obra se aprecia la influencia de la calidez de la pintura veneciana, y un carácter marcado de movimiento y prodigioso tratamiento de la luz, distintivos del estilo de Rubens.
Una de las obras más celebradas del pintor, y de las últimas que realizó, es “El juicio de Paris” (1635-1638), de nuevo sobre un tema mitológico. En este caso se trata del episodio que dará lugar a la guerra de Troya. El príncipe Paris es conminado a elegir a la más bella entre Atenea, Afrodita y Hera. El episodio es empleado por Rubens para presentar los desnudos femeninos desde distintas perspectivas: ya de lado, de perfil o de espaldas. Por ejemplo, al ofrecer Paris la manzana a Afrodita, la rabia de Hera la lleva a darse la vuelta. Rubens incluye los símbolos de cada diosa, de modo que a Atenea le acompaña su lechuza; a Hera, el pavo real; y a Afrodita, un amorcillo. Toda la obra refleja el dinamismo y las formas de ritmo sinuoso predilectas del pintor. En la pintura descubrimos otra firma fundamental de Rubens como es la idealización del cuerpo femenino, alejada del patrón clásico, y centrada en la carne. Del mismo modo, un aspecto propio es que Rubens retratara a Helena de Fourment, su segunda esposa, en la diosa Afrodita, ganadora del concurso. Es un rostro que, junto al de Isabelle de Brandt, su primera esposa, vemos aparecer en diversas ocasiones a lo largo de la obra de Rubens.
Entre esos retratos, es destacable el retrato de Helena de Fourment en 1636, que despliega una mayor subjetividad, sugerencia y placer que cualquiera de los retratos oficiales que le llegan de encargo al pintor. Un claro homenaje a su segunda esposa en el que el trabajo sobre la luz permite un brillo insólito de su cuerpo en contraste con la oscuridad de las pieles que la cubren en parte.
El estilo de Rubens se reconocerá, por supuesto en genios como Van Dyck, Jacob Jordaens o Jan Brueghel, pero su influencia llegará hasta grandes maestros como Watteau, Fragonard, Reonir y Delacroix. Rubens está reconocido como el maestro del barroco por la versatilidad de sus composiciones, la diversidad de ángulos, el gran dinamismo imprimido a las figuras, la riqueza cromática que despliega unida a luminosidad llevada a una de sus mayores cotas. Junto a lo anterior, la sensualidad de las mujeres así como la imaginación libre plasmada en una vitalidad desbordante le reservaron el lugar que hoy ocupa en la Historia del Arte.