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Nov 102011
 

por Héctor Martínez Sanz en Madrid en Marco

Un par de calles más allá de mi casa están desmontando un edificio de oficinas. Lo desmontan pieza a pieza. No lo vuelan por los aires en un espectáculo dinamitero porque se encuentra encajado entre dos construcciones más de viviendas y un supermercado a muy pocos metros. Y al contemplar esta operación tan complicada de desmontaje de la colosal estructura puede cualquiera entender que no es lo mismo destruir que deconstruir. Lo primero supone un acto violento, aunque controlado, de demolición. El edificio se vendría abajo en cuestión de segundos y quedarían desparramados sus restos en un caótico cúmulo de escombros. Segundos que impedirían que pudiéramos ver la composición de su estructura y, más aún, cómo las partes y el todo entran en liza. Sin embargo, cada vez que paso por delante de la obra observo cuantas otras posibilidades habría para tales piezas, veo un edificio en transición, desnudo de sus cubiertas, abierto al mundo y corriendo el aire por sus entrañas. No es el todo que se me ofrecía como unidad de múltiples partes, ni tampoco ahora en las múltiples partes reconozco el todo que antes ofrecía como unidad. Esto ocurre porque lo están deconstruyendo.
Siempre se dijo que era más fácil destruir que construir. No obstante, habrá que apostillar que es más fácil construir que deconstruir. La deconstrucción arquitectónica permite la descontaminación, clasificación y reutilización de las partes en un desmantelamiento casi artesanal. Probablemente cuanto de ropaje le han quitado al edificio, servirá para vestir a otro. Y cuanto de esqueleto queda, ya a la vista, se reutilizará como esqueleto de alguno nuevo. Y durante un espacio de tiempo, quién sabe cuánto, habrá un solar vacío donde antes estaba el edificio de oficinas. Dicho de otro modo, la unidad de edificio nunca existió en la unidad de sus varias partes. Otras configuraciones, además de la interpretación primera que fue el edificio, eran y son posibles en la reinterpretación de sus partes o en la nada del solar.
Esta experiencia de paseante por su barrio, del que camina y observa lo que le rodea, me inspiró el prólogo que escribo para Deconstrucción, libro cuya inmensidad reflexiva tiene la capacidad de sobrecoger incluso al lector desatento que no repara en la sima oceánica que bajo sus pies se abre mientras hace lo posible por alcanzar la superficie y no perecer ahogado. Me honra preceder las palabras de Fabianni Belemuski y colaborar en que el lector se olvide de la superficie y se adentre en el abismo.
«La deconstrucción es un niño que juega en la playa, descomponiendo un juguete sin tener ni idea de cómo volver a ensamblarlo para que funcione», así es la deconstrucción según Fabianni Belemuski. Un edificio, en mi caso, un juguete, en el suyo… un libro, un texto, un párrafo, una oración, una palabra. No es el niño de Nietzsche que se complace en darse la norma y en interpretar el mundo cada vez de distinta manera. Este niño tendrá también en cuenta cómo era su juguete, aunque nunca más sea capaz de volver a él, aventurado en reinterpretar lo ya interpretado, pues, como afirmaba Ortega y Gasset en Ideas y Creencias: «Vivir es tener que habérselas con algo -con el mundo y consigo mismo. Mas ese mundo y ese “sí mismo” con que el hombre se encuentra le aparecen ya bajo la especie de una interpretación, de “ideas” sobre el mundo y sobre sí mismo». Esto es, queramos que no, el mundo ya nos llega bajo la forma de una interpretación. El juguete del niño en Fabianni Belemuski llega ya interpretado a las manos del pequeño. Él hace interpretación de la interpretación al deconstruirlo.
No sólo se trata de descomponer y regodearnos en el inevitable nihilismo: «La deconstrucción no es ya nihilismo. El nihilismo parece hoy una protesta posromántica, perdida en tiempos inmemoriales y juguetones, la filosofía caprichosa de hombres que quisieron seguir siendo niños. Con la deconstrucción, el hombre se hace mayor. El hombre madura y se sacude de sus leyendas, mitificando la desmitificación». No es una descomposición porque componemos al mismo tiempo, reutilizamos, reconstruimos, para volver a descomponer: «para deconstruir hace falta comprender lo construido en su conjunto, observar su sentido y apartarlo para fijarse en la estructura que lo origina. Deconstruir y construir, al mismo tiempo: un proceso de comprensión activa y de añadiduras continuas, sumar, restar, aprender y olvidar para volver a originar, luego, otra vez, deconstruir». La deconstrucción es, en su raíz, el proceso mismo de toda la Historia de la Filosofía.
La filosofía y el pensar eran consecuencia de una admiración, de un asombro, decía Aristóteles. Asombro ante nuestra ignorancia: creer que sabemos y descubrir que no sabemos; pensar que algo es y descubrir que no-es como pensamos. Asombro ante la manifestación del ser y el no-ser, inquietud y desasimiento. Pero filosofía es un “querer saber”, un “amar el saber”, un intento consolador por resolver esa asombrosa ignorancia que nos sumerge en la confusión y el sinsentido. Filosofía es tratar de salir de la confusión, escapar, huida hacia delante sin reparar en la confusión y la ignorancia. Y en la huida construimos, ensamblamos, montamos a golpe de martillo racional edificios de significantes y significados cada vez más complejos hasta dar a luz conceptos, abstracciones que ya no miran al mundo que les sirvió de cimiento –gigantes con pies de barro-: «Los regidores del mundo de sentido no están de acuerdo con lo expuesto, y entonces vuelven a llenar la Tierra de palabras fuertes, de gritos espantosos, pero si hemos de desaparecer de todas formas, por lo menos que se haga de un modo ordenado, cumpliendo las leyes del derecho, de todos los derechos indiferentemente de su origen», escribe Fabianni Belemuski, para confirmar: «En el fondo la filosofía nunca ha dejado de producir sentido, igual que su hermana la religión»
Gritos y palabras fuertes y espantosos que se deconstruyen unos a otras y otros a unas creando la historia filosófica. Confirman esto el pensamiento dogmático y el idealismo trascendental de Kant, afanados en encontrar solución al guirigay de voces y equívocos de la historia del pensamiento frente al orden, control, univocidad y progresión de la historia de la ciencia. Así leemos a Kant en su conocido Prólogo a la Segunda Edición de la Crítica de la Razón Pura: «en la metafísica la razón se atasca continuamente (…). Incontables veces hay que volver atrás en la metafísica, ya que se advierte que el camino no conduce a donde se quiere ir. Por lo que toca a la unanimidad de lo que sus partidarios afirman, está aún tan lejos de ser un hecho, que más bien es un campo de batalla realmente destinado, al parecer, a ejercitar las fuerzas propias en un combate donde ninguno de los contendientes ha logrado jamás conquistar el más pequeño terreno ni fundar sobre su victoria una posesión duradera. No hay, pues, duda de que su modo de proceder ha consistido, hasta la fecha, en un mero andar a tientas y, lo que es peor, a base de simples conceptos». Este desorden es pura deconstrucción, es viva revisión y reinterpretación sin método, insegura. Dicho de otro modo, toda la historia de la filosofía ha sido deconstrucción, aunque la deconstrucción nunca ha sido filosofía –muy a pesar de los filósofos- del mismo modo que mi edificio de oficinas fue sus partes, aunque sus partes nunca fueron exclusivamente el edificio de oficinas. Y es éste el atractivo que Fabianni Belemuski describe de la deconstrucción: «Hay un gran atractivo en la deconstrucción porque consigue acercarse a las estructuras de las cosas presentándose como instrumento inseguro que investiga realidades de las que sabemos muy poco y de las que suponemos demasiado».
Efectivamente, la deconstrucción no es filosofía desde el momento en que se aproxima inseguramente a las cosas de las que sabemos poco y de las que creemos saber mucho. La filosofía, como reconocimiento de esta misma situación de ignorancia, en cambio, trata de eliminar la incógnita de la ecuación: quiere la seguridad, el sentido, la dirección que suprima la inseguridad. El aproximamiento filosófico no puede ser más irreal.
La filosofía ha creado su propia historia y la deconstrucción la desmantela. Remonta el curso del río, y puede proclamar el fin de la historia, el fin del sentido único, el fin del Uno absorbente de la multiplicidad, el fin de la linealidad, de la progresión, de la línea recta, de la reducción conceptual: «Después de la deconstrucción no hay nada más de lo que nostálgicamente hubo. Del pasado se rescatará la experiencia de lo residual, del equívoco, para afrentar, para vilipendiar cualquier tentativa de poseer verdades estables. (…) Hay que seguir el curso histórico del fin de la historia, en nombre de un conocimiento que se verá negado. Despertar del sueño de la ignorancia no significa siempre arremeter contra toda subjetividad, pero la dificultad de reprobar la tendencia de arrojar al hombre al contenedor universal, pesa; hombre despojado incluso de su tan íntimo solo sé que no sé nada».
La filosofía busca seguridad en el concepto, fabrica su saber, interpreta el mundo. Y para ello extrae de su caja de herramientas la razón y el lenguaje. Con la razón moldea las palabras hasta configurar una imagen de cómo es el mundo, una definición, una cosmovisión o visión armónica del mundo. Construye un edificio. Nombra y así da existencia a las cosas, como Adán. Lo que carece de nombre, simplemente, no es. La palabra vulgar adquiere el rango de concepto y el poder de otorgar la existencia en un mecanismo de cambio semántico que en lingüística se conoce como “reducción”. Ortega y Gasset describe perfectamente cómo sucede en Qué es filosofía: «La palabra humilde ascendía, como por levitación, del plano vulgar de la locuela, de la charla, y se engreía noblemente en término técnico, se enorgullecía como un palafrén del peso de soberana idea que oprimía su espalda. Cuando se descubre un nuevo mundo las palabras menesterosas corren buenas fortunas. Nosotros, herederos de un profundo pasado, parecemos condenados a no manejar en ciencia más que términos hieratizados, solemnes, rígidos, con quienes de puro respeto hemos perdido toda confianza. ¡Qué placer debió de ser para aquellos hombres de Grecia asistir al momento en que sobre el vocablo trivial descendía, como una llama sublime, el pentecostés de la idea científica! ¡Piensen ustedes lo duro, rígido, inerte, frío como un metal, que es a la oreja del niño, la primera vez que la oye, la palabra hipotenusa!». Enorme contraste entre la palabra cotidiana, polisémica, comunicativa y su metamorfosis reductiva en término o concepto unívoco, racional, científico. Imaginemos, de nuevo, al niño y su juguete escuchando la palabra hipotenusa, nos diría Fabianni Belemuski: «Deconstrucción de las voces y de los sonidos, de las palabras escritas y de las identidades, de las memorias siempre reformuladas. No es posible la comunicación, en tanto que en el mismo momento de su acontecimiento la palabra pronunciada se esfuma en el vacío, palabra, que es la cárcel de un pensamiento extrañado, producido en el lenguaje y que cobra sentido en el sonido (…) La deconstrucción busca diseminar el sentido, o lo que considerábamos unidad de sentido.» Diseminación que es el mecanismo de cambio semántico contrario, la ampliación. ¿Por qué? Por la sencilla constatación que Ortega y Gasset describe en La rebelión de las masas: «cuando el hombre se pone a hablar lo hace porque cree que va a poder decir cuanto piensa. Pues bien, esto es lo ilusorio. El lenguaje no da para tanto. Dice, poco más o menos, una parte de lo que pensamos y pone una valla infranqueable a la transfusión del resto. (…) Dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe que acabamos muchas veces por malentendernos mucho más que si, mudos, procurásemos adivinarnos.»
Es deconstrucción, por ejemplo, la distinta lectura del lema de uno de los apóstoles de la hermenéutica: Gadamer y su “el ser que puede ser comprendido es lenguaje”. Hay un ser que puede ser comprendido y otro que no, y aquél es, además lenguaje -es decir, lo pensamos explicativamente- o el ser todo es lenguaje y puede ser comprendido desde éste –es decir, lo pensamos de modo especificativo-. Reparemos también en el hecho de que la famosa sentencia no dice en modo alguno que el ser sea comprendido en el lenguaje, sino que el ser comprendido es lenguaje. El atributo se aplica al sujeto completo, no sólo a la subordinada adjetiva. Nada dice de dónde o cómo lo comprendemos. En este sentido, comprobamos junto a Fabianni Belemuski cuanto distan entre sí hermenéutica y deconstrucción: « La hermenéutica partía al estudio del sentido, de dos axiomas: que el sentido es unívoco, abarcable, y que hay voluntad de entendimiento en el sujeto. Es decir, que hay sentido y nuestra lucha como humanos consiste en alcanzarlo. La deconstrucción lo niega y lo explica como efectos textuales.»
La hermenéutica todavía adolece de la frustrante intención filosófica de resolver la diferencia entre ser y no-ser, curarnos de la asombrosa ignorancia y operar reductivamente hacia lo Uno etéreo dador de sentido mientras nada en la multiplicidad material carente de sentido establecido.
La deconstrucción, en cambio asume «ser cuerpos que fluyen armoniosamente – lo hacemos de todas formas – en el río del acontecer universal. Existimos, la libertad se hace posible en la existencia carente de objetivo y sentido», y con ello invierte el discurso dogmático cartesiano –o platónico-, para el que es más evidente el alma que el cuerpo y era más real la idea inmaterial que el objeto y su sombra dentro de la caverna.
En un aforismo, afirmaba Cioran que «la vida es la novela de la materia», y ahora Fabianni Belemuski nos descubre quién escribe esa novela: «Derrida es el narrador que pretende salvar a la humanidad a través de la literatura, salvarla, deconstruirla y erigirla sobre la ausencia, sobre aquella nada fundamental de la que tanto le gusta hablar, inspirarla a construirse a sí misma, pero consciente de que su esqueleto, su estructura, su corazón… no lo son».