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May 212011
 

por Héctor Martínez Sanz

Revista Niram Art Nº 3-4/2011


Tudor Serbanescu habla un poco de español, no demasiado, lo suficiente para entendernos. Va de aquí para allá por la sala, viene y va, sonríe, se muestra muy amigable… lo que en España venimos a llamar un hombre campechano, es decir, según los diccionarios, llano y cordial, sin formulismos ni ceremonias, franco y sencillo. Fue Martín Cid quien me dijo que Tudor había fundado una sala de exposición en una tahona en su tierra natal de Teleorman (Rumanía). Es algo insólito, sí, pero nada alejado de la campechanía con la que le describo. Pan y Arte, que no falten, podría ser el lema que, a buen seguro, Tudor firmaría al momento.

Disfrutamos de su obra a primeros de este octubre pasado. Asistí como público en la presentación y esto me permitió recrearme, más que otras veces, en las obras expuestas. Por ejemplo, en la pureza de sus vírgenes a lomos de blancos unicornios sobre un azul inconmensurable e impoluto, surrealista. Efectivamente, estas obras nos aproximan a los mundos de fantasía, de hadas, y nos sumergen bajo el embrujo de los Oneiros como frágiles pompas. Tudor aprovecha la fuerza expresiva del mitológico animal para transmitir cargas emocionales sacando la mirada del niño que en cada uno de nosotros habita y contempla. Así, el Unicornio cabizbajo, triste, del acrílico El silencio del unicornio, como su potencia rampante en La guerra o en La lucha del unicornio –contra lo que creo un Hipogrifo, enemigo mitológico natural de los caballos-, pinturas que nos recuerdan a Palas Atenea o el mito de San Jorge contra el Dragón. Las vírgenes funden medio cuerpo con el Unicornio, símbolo precisamente de la virginidad, creando una armonía     perfecta de lo puro y femenino. Ejemplo de lo último lo tenemos en el óleo La virgen unicornio, en el que las melenas caen simétricas y los rostros de mujer y animal se asemejan dentro de la fusión corporal.

La serie “Unicornios”, combinando óleo y acrílico, es narrativa. Estamos ante “Cuentos de hadas” –título de la exposición-, y observamos cabalgadas, avisos, mensajes y luchas. Sin dificultad podemos imaginar al Unicornio trotando o cabalgando a gran   velocidad de un cuadro a otro, como portador de un mensaje al mundo, en planos medios, sin necesidad de tener todo el porte del animal a la vista. Son los ojos, los ollares, la cerviz, la melena, el tupé, los que sirven de indicativo del movimiento, como en El castillo fantasma y en El mensajero.

El motivo del caballo es fundamental en estas y otras obras de Tudor Serbanescu. Caballo I y Caballo II, acrílico y óleo, respectivamente, son buena muestra de ello, junto a varias de las obras pertenecientes a la serie “Dibujos”, donde aparecen el caballo alado Pegaso, o escenas costumbristas de monta en las que la figura del animal ha sido trabajada con esmero para entregarnos un magnífico ejemplar.

Hay en Tudor Serbanescu una reverencia a la ancianidad rural, o, mejor dicho, a la   robusta experiencia vital y sus raíces naturales. Rostros de vejez como fruto que pende de las débiles ramas de secos árboles, los cuales dejan intuir un fuerte arraigo en la tierra a través de sus hercúleos troncos. Al contemplar estas imágenes, recordaba un extraordinario poema de Gloria fuertes titulado Labrador que empezaba diciendo: “Labrador/ ya eres más de la tierra que del pueblo/ ya barruntas la lluvia y te esponjas,/ ya eres casi de barro./ De tanto arar, ya tienes dos raíces/ debajo de tus pies heridos y anchos”, y terminaba con la estrofa “Te has ganado la tierra con la tierra/ no  quiere verte viejo en la labranza/ te abre los brazos bella por el surco/ échate en ella, labrador, descansa”. El hombre de campo se encorva hacia la tierra que tanto ha trabajado, y también en ella ha de encontrar su descanso, su lecho, como tantas otras semillas que sembró a lo largo de la vida. Se entrega, se vuelve simiente, se fusiona con la naturaleza y nunca abandona sus raíces. Es un tema universal de la vida rural, una alegoría mítica y poética que nos devuelve a la humildad y esfuerzo del campesino, a su sabiduría ancestral y su culto a la Diosa Madre.

Aún más llama mi atención la tinta china en las creaciones de Tudor Serbanescu. De líneas curvas y manchas emergen abstractas representaciones, sinuosas y sugerentes, deformadas y separadas de la figuración. Destaca de entre ellas una bella Mariposa en movimiento, de ondulados y líricos trazos, de la que pareciera surgir, plegando sus alas, otra de las tintas, la folklórica Bailarina. O, quizás, al contrario, del baile se despliegan las alas para elevar el vuelo con ligereza y fragilidad. Como sea, ambas tintas monocromas expresan la gracilidad del movimiento con fineza y soltura en los gestos, conjuntando complejos trazos ascendentes y descendentes en un perfecto equilibrio vertical. De similar estilo, aunque en líneas más sencillas es El violonchelo, donde, al igual que vimos que ocurría entre la virgen y el unicornio, el instrumentista y el instrumento se fusionan en una sola figura musical, al son del cual bien pudieran danzar la      bailarina y la mariposa.

Pureza y fantasía, raíces, naturaleza,   nostalgias y armonía del movimiento son las claves que se esconden bajo la piel de Tudor y    también sobre cada soporte y textura en los que él deposita, por medio del color o la tinta, la peculiar mirada afable y animosa, sonriente, que tiene del mundo que le rodea, de su pasado y su presente, de una vida que camina  ente mariposas y unicornios, entre Pan y Arte.

II

… Y ME VOLVÍ UNICORNIO

Dos años hace que contemplé por primera vez las obras de Tudor Serbanescu. Fue también cuando lo conocí. Desde entonces, él ha mejorado su español, mientras que yo no he     mejorado mucho en su lengua. Mea culpa. Esto no ha impedido que hayamos estrechado nuestra amistad, tanto como para haber terminado en uno de sus cuadros, convertido en unicornio por un comentario dicho al aire. Tiempo después de la exposición “Cuentos y hadas” (2009), hablando con él, se me ocurrió decirle: si algún día me retratas, por favor, hazme unicornio. Tampoco pensé que fuera a hacerlo. Pero, como ocurre con los genios de las lámparas maravillosas, hay que tener   cuidado con lo que se desea; y aún más si se desea en voz alta y al lado de uno está el genio, porque podría hacerse realidad. Así     sucedió conmigo. Pasados unos meses, un naciente cuerno sobresalía de mi frente en uno de los cuadros de Tudor.

Verse retratado es siempre una experiencia extraña. Y para el artista es un riesgo cuando se trata de amigos. Se somete a su juicio y, lo que es más grave, sobre la imagen pictórica que el artista tiene de ellos. Además, el retrato en pintura es una de las cimas del arte. Sin embargo, Tudor creó algo aún más maravilloso: no fue el retratarme, sino el volverme unicornio. Me convirtió en uno de los personajes mitológicos más importantes para él en su obra y me dotó de su significación como símbolo del conocimiento, la ilusión y la libertad, de la pureza, la fuerza y la nobleza, y como el portador de un mensaje junto a uno de mis libros: Pentágono (Ed. Niram Art 2010). Sí, verse retratado es una experiencia extraña, pero más extraño todavía es verse hecho símbolo dentro del universo pictórico de Tudor. Él me ve de ese modo en su pintura y no soy quien para discutírselo.

Ya desde el arte medieval, pasando por Rafael, Moreau y llegando a Dalí, el Unicornio ha sido motivo de representación tanto artística como literaria, inspiración de un mundo totalmente otro y opuesto al que vivimos cotidianamente, un guía para la evasión hacia la fantasía de un lugar donde las pompas de jabón no explotan sino que flotan infinitamente por el aire. En los Unicornios de Tudor Serbanescu leo lo que escribiría Lorca: «El unicornio quiere lo que la rosa olvida», contrastando una belleza     efímera y limitada con la belleza, sabiduría y elegancia del mitológico animal. No es un mero símbolo, como la rosa, sino que el Unicornio pertenece al diccionario           iconográfico del hombre como una  creación imaginaria. El Unicornio quizás no exista en nuestro mundo más que dentro de nosotros mismos, como lo más nuestro que hay, mientras que la rosa y su misterio no están en nuestras manos.

Ver un Unicornio es un hecho excepcional y Tudor Serbanescu lo sabe. Acariciarlo es más complicado aún. Tan sólo la virginal doncella puede acercarse a él. Acaso sea por esto que sea el unicornio el protagonista de la escena y el artista escatime en otros recursos que no sean el color y el fondo. Con la limpieza del color realza la pureza blanca del        unicornio y con los fondos lo dota de profundidad. Del mismo modo, Tudor hizo de mi cabello unas crines y de mi camisa blanca el albo cuerpo del caballo, representó un pentágono con mi cuerpo y me colocó, dividido, sobre un fondo dual que acrecienta el misterio del Unicornio: por un lado el misterioso azul donde el unicornio rebrinca y por otro el mundo donde habito, trazando un paralelismo entre los elementos del fantástico universo que él pinta y aquellos otros que a mí me rodean.

Ahora soy un personaje más de la narración legendaria de Tudor   Serbanescu, encomendada la misión de trasladar un mensaje. Quise volverme Unicornio. El genio me lo concedió… y ahora debo asumir las consecuencias.

III

EL NACIMIENTO DEL UNICORNIO

(SILVA HÍBRIDA)

A Tudor Serbanescu

Ayer fue; te dije: hazme Unicornio

Para la mujer pura,

Haz de mí la montura

Para el secreto y misterio del Todo,

Vuélveme –si puedes- ser mitológico.

Fue ayer; yo quería ser de tu mundo,

Figura, sobre el azul de tus fondos,

Blanca por el oscuro

Universo de locos.

Sí, había otro lugar en tus ojos

El país que en tus sienes

Se habita de pompas, de hadas y seres

Que el hombre de hoy olvidó poco a poco.

Y así te dije ayer:

¡Pintor, hazme Unicornio

Con tu lienzo y pincel!

Y me diste el cuerno majestuoso

Debajo del tupé,

y el albo color que pinta al corcel.

Fue ayer; para que sólo tu oído me oyera

te lo pedí con grito sordo;

y es hoy cuando recibo la respuesta:

Poeta…

… tú ya eres Unicornio

IV

DIBUJO Y TINTAS

Dibujar con tinta tiene un sabor oriental a paciencia y sensibilidad. Exige una búsqueda de la esencial belleza de las formas en su máxima simplicidad de líneas y puntos o en la pureza de los trazos. La delicadeza de la fina línea en perfecto equilibrio con la gruesa para lograr un volumen y un movimiento suaves junto a la transmisión de la ligereza de la figura. Y sobre todo, el hecho de depositar a esta última en un   fondo vacío y blanco que la sostenga, creando la sensación de serenidad y trascendencia del conjunto.

Es así como surgen las tintas de la mano de Tudor Serbanescu, con precisión y espontaneidad, sugerentemente onduladas y sin excesos. Se aleja aquí de lo figurativo iconográfico que se podía observar, por ejemplo, en sus series de unicornios, y pisa el terreno de una abstracción espiritual más que conceptual. Se disuelve la figura en sus formas, reducida a lo elemental y la idea, acaso    como sucedía en la escultura Pájaro en el espacio de Brancusi, mientras se sublima su belleza.

En este ejercicio de abstracción con la línea curva podemos reconocer ecos del cubismo picassiano de Guernica, donde la geometría se vuelve ondulatoria, o formas dalinianas, aunque la concepción de las figuras de Tudor Serbanescu es más próxima a las pinturas, o quizás más las esculturas, de Miró.

La línea se retuerce y se dobla sobre sí misma hasta dar una forma pura y acabada, sencilla y clara. Estamos ante un ejercicio de metamorfosis en el que el ojo espectador es protagonista en la contemplación de la composición, siguiendo, como en un problema laberíntico, las idas y   venidas de las líneas de tinta, sin hallar una salida o solución más que la perpetuidad de la figura ante él y la liberación del artista al trazarlas. Probablemente sean las tintas donde Tudor Serbanescu siente mayor explosión de libertad técnica y material, dejando correr su mano sobre el papel hasta acertar en el acabamiento del dibujo, al mismo tiempo que desafían al público a una difícil interpretación. El hermetismo de algunas de ellas es manifiesto mientras que en otras, la reminiscencia figurativa permite el reconocimiento de la idea base.

El capricho de estas formas se reproduce y traslada en una serie de dibujos dedicada a los árboles, donde podemos reconocer la combinación de abstracción y simbolismo. Las arbóreas formas se retuercen igual que las líneas de las tintas, lo que nos lleva a pensar en la naturalidad del dibujo de las tintas, tan hermético, decíamos, en un comienzo. Y es que las tintas tienen su fecha en 2007, y es a lo largo de 2008 cuando se crean simultáneamente a la serie de los árboles.

Muy importante es observar como en los árboles, los troncos y ramas se comportan como las líneas de las tintas, marcando direcciones en tensión pero armonizadas simétricamente y equilibradas en su grosor. Por otro lado, el simbolismo del árbol en Tudor Serbanescu llega de modo inmediato al espectador: la robustez, la edad, la experiencia y las raíces junto a la naturaleza. Dicho de otro modo, la esencia de la vida. Pero además, su verticalidad actúa como eje de trascendencia, como axis mundi, como columna que une tierra y cielo, y resuelve el ciclo vida y muerte siendo su prolongada vida una continuación de nuestro limitado tiempo junto a ellos en este mundo. En lugar de usar el tópico del mar y su infinitud    poética, Tudor recurre al longevo árbol como hogar eterno para los que se marcharon,    fusionados ahora con la naturaleza que los alimentó. Por tanto, comprobamos como la serie de los árboles también está impregnada del halo metafísico y trascendente que emanaban sus tintas.

Como vemos, Tudor Serbanescu pone, en sus dibujos y tintas, la misma sensibilidad y lirismo que en los óleos, reverenciando a la imaginación, la fantasía y la vida como categorías sobre las que orbita la felicidad suya y de todo ser humano. Ciertamente siempre es una alegría, siempre se esboza una sonrisa, ante su obra.