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May 232011
 

El hombre que susurraba a los artistas

por Diego Vadillo López

Revista Niram Art Nº 3-4/2011

Con look asandokanado aparece don Antonio Calderón de Jesús, como escrutando un horizonte interior de angostas paredes laterales infestadas de beldades artísticas. Don Antonio es un falso despistado; ocurre que está aquejado del síndrome de la mirada plástica. Él transita por un duplicado del mundo trivial; por otro universo que ha confeccionado a la medida de su sensibilidad humanística.  Madura y discrimina Antonio propuestas con ponderado proceder. Cada consideración la emite como desperezándose de un letargo pictórico, tras dormir cierto plácido sueño (suavemente cromático).

Rompe siempre el silencio, susurrante, en un expresionismo inverso. Parecen estar constituidas sus intervenciones conversacionales por la seda de su archipresente fular. También suele llevar sombrero en invierno, él dice que por el frío, aunque yo creo que es para quitárselo, también en sentido figurado, cuando una obra lo mereciere.

Tiene a veces don Antonio aspecto de cazador. Y es que lo es: es un cazatalentos que se mueve con soltura por entre las jaras y sedales sitos en las pinacotecas y demás reductos de exhibición artística. Es un Indiana Jones en busca del templo perdido de las bellas artes más insospechadas. Igual que muchos de los cuadros objeto de sus desvelos, Antonio parece avanzar por un espacio enmarcado, acotado hasta el punto de no poder escapar. Es lo que suele pasar con las pasiones de hoja perenne.

Don Antonio siempre está reñido con el desaliño (tiene un punto dandi); lo único que en ocasiones se le alborota es el cabello, y debe ser porque queda situado justo encima de su cerebro, emplazamiento donde se asienta una fábrica de conjeturas que nunca cesa en su actividad, y tan enfebrecido movimiento es posible que conmueva, al tiempo, sus filamentos capilares, ya argentados, que hacen de él un Einstein del trazo certero, un Papá Noel del lienzo  dignificado.

Don Antonio estuvo en el ruedo pictórico. Pude contemplar algún que otro cuadro suyo de carácter hondamente telúrico, donde muestra el arraigo/ desarraigo del hombre con el terruño.

Los ojos de Antonio están asolados de hondura, así como sus creaciones pictóricas, que parecieran sopladas por el viento de un estremecido misterio, que es el mismo que nos hace preguntarnos el por qué de su retirada al tendido siete de la intermediación. Mas Antonio no es un habitante típico del siete; lejos de resultar hiriente, él, meramente, se entrega de   manera constructiva a la promoción de lo soterrado-genial, sin por ello molturar lo modrego.

Apila nuestro animoso galerista montañas pictóricas en su almacén de inexpugnable esperanza, aguardando la oferta más estimable en aras a dignificar el trabajo del artista, lo que sorprende en tiempos de turbios agiotistas y especulación desmelenada.

Antonio es un extrovertido-tímido que se la juega en todo momento por el Arte, y solo… por Amor al Arte.

Gracias Antonio.

(Imagen: Retrato de Antonio Calderón de Jesús por Tudor Serbanescu)

El hombre que susurraba a los artistas

por Diego Vadillo López

Con look asandokanado aparece don Antonio Calderón de Jesús, como escrutando un horizonte interior de angostas paredes laterales infestadas de beldades artísticas. Don Antonio es un falso despistado; ocurre que está aquejado del síndrome de la mirada plástica. Él transita por un duplicado del mundo trivial; por otro universo que ha confeccionado a la medida de su sensibilidad humanística.  Madura y discrimina Antonio propuestas con ponderado proceder. Cada consideración la emite como desperezándose de un letargo pictórico, tras dormir cierto plácido sueño (suavemente cromático).

Rompe siempre el silencio, susurrante, en un expresionismo inverso. Parecen estar constituidas sus intervenciones conversacionales por la seda de su archipresente fular. También suele llevar sombrero en invierno, él dice que por el frío, aunque yo creo que es para quitárselo, también en sentido figurado, cuando una obra lo mereciere.

Tiene a veces don Antonio aspecto de cazador. Y es que lo es: es un cazatalentos que se mueve con soltura por entre las jaras y sedales sitos en las pinacotecas y demás reductos de exhibición artística. Es un Indiana Jones en busca del templo perdido de las bellas artes más insospechadas. Igual que muchos de los cuadros objeto de sus desvelos, Antonio parece avanzar por un espacio enmarcado, acotado hasta el punto de no poder escapar. Es lo que suele pasar con las pasiones de hoja perenne.

Don Antonio siempre está reñido con el desaliño (tiene un punto dandi); lo único que en ocasiones se le alborota es el cabello, y debe ser porque queda situado justo encima de su cerebro, emplazamiento donde se asienta una fábrica de conjeturas que nunca cesa en su actividad, y tan enfebrecido movimiento es posible que conmueva, al tiempo, sus filamentos capilares, ya argentados, que hacen de él un Einstein del trazo certero, un Papá Noel del lienzo  dignificado.

Don Antonio estuvo en el ruedo pictórico. Pude contemplar algún que otro cuadro suyo de carácter hondamente telúrico, donde muestra el arraigo/ desarraigo del hombre con el terruño.

Los ojos de Antonio están asolados de hondura, así como sus creaciones pictóricas, que parecieran sopladas por el viento de un estremecido misterio, que es el mismo que nos hace preguntarnos el por qué de su retirada al tendido siete de la intermediación. Mas Antonio no es un habitante típico del siete; lejos de resultar hiriente, él, meramente, se entrega de   manera constructiva a la promoción de lo soterrado-genial, sin por ello molturar lo modrego.

Apila nuestro animoso galerista montañas pictóricas en su almacén de inexpugnable esperanza, aguardando la oferta más estimable en aras a dignificar el trabajo del artista, lo que sorprende en tiempos de turbios agiotistas y especulación desmelenada.

Antonio es un extrovertido-tímido que se la juega en todo momento por el Arte, y solo… por Amor al Arte.

Gracias Antonio.

(Imagen: Retrato de António Calderón de Jesús por Tudor Serbanescu)