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May 232011
 

por Teresa Domingo

Revista Niram Art Nº 3-4/2011


Partamos de la base de que no soy especialista en arte. La obra pictórica o bien me toca el sentimiento o me deja indiferente -¡malo!, no me ha sugerido nada. No es este el caso, como intentaré mostrar. Desde este punto de partida, me acerco a algunas obras de Tudor Serbanescu. Las relativas a La Dama y el Unicornio muestran un tema tradicional que vemos magníficamente representado en los tapices flamencos, datados en el siglo XV, expuestos en el Museo de Cluny. Todos ellos poseen una inmensa riqueza de colorido y de detalles.

De los seis sentidos que se admiten como representados allí, sólo el sexto, a mi entender, “À mon seul désir”, es decir, el amor o la comprensión, domina en los lienzos de Tudor, donde hay una compenetración aún mayor. No hay ningún elemento ajeno al tema, sino, antes bien destacan la sencillez y la tendencia a ir a lo básico y elemental. Por supuesto, también lo elemental en una obra plástica: la vista. El tacto se percibiría en la unión caballo-amazona.

Si observamos los componentes de la serie, por un lado nos hallaremos ante un cielo azul, límpido y muy puro, -meridional, en su esplendor, diría yo-. En segundo lugar, la Dama que cabalga a lomos del Unicornio. Se trata de una dama morena, en modo alguno idealizada, que podría ser cualquier mujer mediterránea o de su tierra –si no se trata un retrato- carente de toda apariencia de debilidad. Frente a La dama de Cluny, que representa la mujer ideal de la época, la mujer de Tudor Serbanescu se presenta a nuestra mirada como una mujer fuerte y decidida. En tercer lugar, un caballo que, comparado con la fragilidad del caballo que protagoniza los tapices, aquí nos sale al paso como un animal poderoso. ¡Cuán distinto el cuerno de Cluny con el de nuestro Unicornio! Éste es hasta discreto, mesurado. Un caballo blanco, como corresponde a la naturaleza del Unicornio que, salvadas las distancias, coincide con el caballo del escudo del distrito del artista: Teleorman. Esto es, nos movemos en un mundo real. Con Tudor Serbanescu, pues, partimos de la leyenda y fundimos, en palabras de Cernuda, “la realidad y el deseo”.

En palabras del escritor Diego Vadillo – en la presentación que de parte de la obra de Tudor se hizo en Espacio Niram el 18/3/2011- esta leyenda responde a lo oído en su niñez. Es decir, que estaríamos ante una interpretación de su experiencia. Por su parte, el crítico de arte Héctor Martínez Sanz señalaba la novedad en el color.

¿Cuál es, para mí, la interpretación del artista? Dos seres legendarios, pero símbolos de lo masculino y lo femenino –blanco y negro, caballo y cabellera de la Dama- que se buscan y se encuentran, que se unen. En la serie ha vencido el tesón, la aspiración a lo más alto como plasmación de los ideales infantiles entre el mundo real y el irreal. Todo ello con un dominio, en la crin y la melena femenina, de la línea curva que incita a percibir cierta sensualidad en la escena.

Añadamos a ello que, si novedosa resulta la reinterpretación de la leyenda frente a los tapices flamenco, no lo es menos la técnica empleada, nada de riquezas de lana y seda: el acrílico, muy de la pintura de nuestros días.

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Siguiendo en el mundo de la policromía, hay que reseñar la portada realizada para el libro de Diego Vadillo, Gómez de la Serna era trotskista[1]. En el que se unen lo real y lo imaginario, una vez más. Un heraldo propio de Alicia en el país de las maravillas de cuya trompeta pende un retrato real de Ramón con elementos propios de sus Greguerías en las que la metáfora interpreta el mundo de la realidad. Como en la portada de la que hablamos. La personalidad atípica[2] de Ramón y sus textos plasmados en una obra plástica.

Junto a ello, varios retratos de amigos[3]: v. gr. Héctor Martínez, Antonio Calderón… En general, bustos, en plano corto, donde domina el realismo y la atención que Serbanescu dedica a la personalidad del retratado. En palabras de Héctor hace de ellos una suerte de personajes. Lo lamento, pero discrepo. Tudor los retrata como los siente, ello –para mí- no los convierte en ficción –personajes[4]– sino que incorpora la visión del pintor y, de hecho, los retratados confiesan que se ven identificados en el retrato.

Igualmente importantes en la policromía son la pintura sobre vidrio y cristal representando distintos iconos en los que la tradición y la contemporaneidad vuelven a anudarse.

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Otra de las series relevantes de Tudor Serbanescu la conforman los dibujos dedicados a los árboles, monocromos y en tinta china. Se trata de árboles milenarios, bien enraizados en la tierra, que han visto mucho de la vida. Es decir, nos encontramos nuevamente ante el respeto al pasado y a la cultura ancestral. ¡Si pudieran hablar…!

Y nos hablan. Tienen hundidas profundamente sus raíces, pero crecen hacia lo alto: el aire –fundamental para su vida- y el cielo, es decir, el sol, la lluvia, la vida diaria. Ellos, como nosotros, convivimos con el clima que nos proporciona placer y melancolía, pero que representa la fuente de vida.

Algunos son olivos, árbol emblemático que no sólo nos da de comer sino que también nos alegra la vista y es, a mi entender, un árbol de medida humana. Véase cualquier texto romano, griego o el relato bíblico, donde el Monte de los Olivos constituye un acontecimiento fundante. Si atendemos al relato bíblico ahí comienza la transformación de Jesús en Cristo, la aceptación de su futuro, hecho básico para los cristianos[5]. Es decir, desde La Biblia hasta hoy, el olivo es un árbol al que se nombra con denodado respeto.

Pero aquí los trazos son recios y vigorosos, bien marcados, subrayando lo elemental. De nuevo se evita el exorno. Lo importante son los árboles, olivos añosos -que están vivos-, y la relación que nosotros establecemos con ellos. El hombre no nació urbano, vivió y se sirvió mucho tiempo del campo, era su medio y su fuente de vida. Y tan es así que algunos árboles rematan en cabezas humanas. De nuevo, fusión de elementos, como veíamos en el tema anterior de La Dama y el Unicornio. Si allí se fundían fémina y caballo, aquí se produce la fusión del hombre y la naturaleza.

Recordemos que la Dacia fue un país boscoso, como de Hispania decía Estrabón: se podía atravesar de rama en rama; es decir, como hacía el más famoso Tarzán –Weissmüller-. Ése fue nuestro mundo primigenio. Nuestros orígenes, nuestras raíces están ahí y no en el asfalto urbanita al que hemos derivado. El maestro Serbanescu dirige su espíritu a la base, al comienzo, y se identifica con ellos. Su pintura es una reverencia a los inicios y al origen.

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En tinta china son también los dibujos de mariposas y otras figuras monocromas. Sutiles y, en general, de pequeño formato, traen una novedad a la obra de Tudor Serbanescu: en estas otras tintas no estamos ante dibujos figurativos, sino abstractos; y en ellos la libre imaginación del artista juega un papel absoluto y decisivo, aunque no sólo, pues la libertad absoluta se traslada también a los ojos del espectador. Volvemos a encontrar un claro predominio de la línea curva, que se suceden simétricas o asimétricas. Cada composición guarda algo en su interior, destacado en negro. Esa podría ser la clave, lo escondido y protegido, lo que queda oculto y a resguardo entre las líneas curvas. Ése espacio oscuro, fugaz obliga al espectador a preguntarse qué secreto pueda estarse velando a sus ojos. Y precisamente es ése es el reto al espectador y su espacio de libertad.

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En conclusión, en este análisis he creído advertir una serie de fusiones. La primera de ellas, la que acontecía entre hombre y la mujer, en la serie del Unicornio, llena de complicidad –compenetración, lo llamé antes- y pureza –sensu stricto-. Una búsqueda y, todavía más, un encuentro del ideal. De este modo, representarían el origen de la vida y el primer núcleo fundamental: la familia. A ella añadimos la fusión del hombre –en sentido genérico- y la naturaleza, como vimos en la serie de los Árboles, donde existe una identificación y respeto por esos seres vivos que nos acompañan siempre y guardan en su memoria toda nuestra historia. Una tercera fusión sería la búsqueda de la complicidad entre el artista y el espectador. Si no hay comunicación entre ambos la obra es vana, aunque siempre ha de haber un espacio de libertad en cada uno para hacer efectiva tal complicidad y comunicación. Se trata de sugerir y hacer participar. Fusión también hay entre la leyenda y su representación plástica, es decir: la palabra y su imagen, tanto en la serie del Unicornio, como en la interpretación de Ramón. Y por último, el deseo de unión de lo clásico y lo actual, enlazando con la tradición histórica y cultural europea. El mismo lazo que durante tantos siglos unió la Dacia e Hispania límites de la Romania[6], tierras de cultura latina, las cuales, después, cada una ha sufrido distintos avatares, pero entre las que aún sigue sintiéndose la hermandad: los orígenes siempre conforman.

Juntos Realismo y simbolismo, humanidad y Humanismo[7], con un halo de cierta melancolía muy mediterránea, pero sin el pesimismo característico de Cioran o Ionesco. A su tierra dedica su interés, pero, ahora, desde España –donde vive- no olvida reconocerla y adherirse a ella. Definitivamente, la obra de Serbanescu puede ser descrita como vitalista, fluyente entre la experiencia y los sentimientos, dotada de una sencillez –en el mejor sentido de la palabra- en la expresión artística, tanto temática como técnicamente.

Un disfrute para el espectador al que invita a participar y cooperar.

Gracias, maestro Serbanescu.


[1] Presentado en Espacio Niram el 31 de marzo de 2011.

[2] “El ramonismo” afirma lo ilógico y destaca lo extravagante –recordemos su conferencia desde un trapecio en el Circo Price- contra la vida burguesa. Colecciona muñecas. Vive en un piso en el que domina el horror vacui. Escribe libros, artículos de periódicos y greguerías. Siempre llamó la atención, fue, sin duda, un heraldo del vanguardismo.

[3] Con distintos materiales y técnicas.

[4] Según la acepción latina, sino en hombres de carne y alma.

[5] “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú” –cf. Mateo, 26, 39-.

[6] No olvidemos que E. Coseriu ha sido uno de los mayores autoridades en temas filológicos relativos a las lenguas romances y su perfecto conocimiento del español. Y nos ha explicado qué seguíamos teniendo en común, todavía en el siglo XX. “Et in principio erat verbum” Evangelio de San Juan, 1.

[7] No me gusta referirme al artista, como persona, pero ello lo caracteriza. Como dijo A. Machado es Tudor un “hombre en el buen sentido de la palabra bueno”.