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Feb 132011
 

por Héctor Martínez Sanz, Revista Madrid en Marco

DE EINSTEIN A LAS MADONNAS

Siempre que se habla de Onik Sahakian se empieza o nunca se termina de hablar de Salvador Dalí. Es normal, Onik Sahakian es testigo directo e íntimo de la vida y obra de un genio. Pero no reparamos en la injusticia que supone arrojar la luz de un genio sobre la luz de otro genio. Muy a menudo, en esas conversaciones, la figura de Salvador Dalí oculta a la mirada la figura danzarina, musical, estética y pictórica de Onik Sahakian.
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Portentoso bailarín, sin embargo sabía que la vida del baile es tan breve como la vida de la mariposa –señala él mismo. No ha abandonado la música y sus manos ejecutan al piano las melodías ante las que el cuerpo danzaría con intensidad. Ahora bien, sobre todo, lo que su talento y sus manos nos han legado es su personal estilo daliniano, su particular visión mística y armónica desde el surrealismo: aquel celeste azul puro de Dalí, sí, convertido en una envolvente sugerencia trascendente, unido a la tierra en la línea del horizonte, creando un inmenso espacio que sirve de escenario a los elementos puestos en juego. Pero Onik carece de agresividad o violencia, no da soporte a la tensión sexual que Dalí imprimía a sus obras. Las pinturas de Onik Sahakian insinúan desde el maravilloso mundo onírico y provocan la leve sonrisa cómplice del espectador cuando en una fruta sobre el alfeizar de la ventana reconoce el joven trasero de una muchacha, o su bello desnudo emergiendo de los contornos de un quebrado muro al modo de una sencilla ilusión óptica.
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Los extraños y extravagantes elefantes de Dalí se baten en retirada mientras las carabelas de Colón pasean tranquilas y dividen el mundo en dos, uno de ajedrezado suelo y otro de indómita arena desértica. Vasco de Gama, en cambio, se las tiene que ver con el gigante Adamastor, una de las pocas pinturas en que Onik refleja una escena de furia y violencia, aunque surgidas de las fuerzas naturales, recogiendo el motivo de Luís de Camões en el Canto V de las Luísiadas portuguesas. No faltan relojes subyugados subliminalmente por la presencia de Albert Einstein, pendiendo perfectamente verticales del cielo o alargándose y escurriéndose como los trapos entre las manos de las lavanderas. Los rinocerontes, ligeros, caminan seguros sobre el difícil equilibrio de las onduladas líneas horizontales, ya relojes estirados, ya cucharas dobladas quién sabe si por Uri Gueller.
Junto al azul surrealista, eco del Renacimiento, de cielos y aguas, la persistente presencia del rojo en vestidos, esferas -¿átomos?-, clavos, cerezas, flores y manzanas del pecado. Junto a lo rectilíneo y vertical, el continuo contraste de lo ovalado y sinuoso, de lo horizontal, en un ejercicio de geometría no euclidiana. Empero, todo ello permanece en un justo equilibrio y quietud, todos los elementos reposan o manifiestan la gracilidad del movimiento sin brusquedades. Al emanar del alma de Onik, parecieran contagiados de la belleza de una danza armónica, leve, suspendidos en el aire o depositados con sumo cuidado y cariño.
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Más Renacimiento: las Madonnas con niño, que desde el s. XVI no han dejado de estar presentes en la pintura, como es en los pinceles de Rafael. Elemento cristiano en el que, sin embargo, se eliminan los rostros, las muecas y los gestos, y se despersonaliza a favor de la imaginación del espectador. ¿Acaso hay un eco del Islam? Quizás haya sido asunto de mi subconsciente, alega sonriente Onik. Tampoco tiene rostro La Fornarina, según muchos, aquella amante secreta de Rafael Sanzio –Margarita Luti- hija de panadero, que en Onik se transforma en un surreal orientalismo.
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Uno de los óleos es especialmente llamativo por el humor autorreferencial que despliega en tres escenas narrativas. Titulado “Pictures in exhibition”, en él encontramos un hombre que sigue esos caminos ondulados de arena con un catálogo desplegado y un reloj colgante en primer plano. Acude a una exposición del propio Onik. Viene por nuestra izquierda. Como si de una tira cómica se tratara, Onik representa al hombre, a través de líneas de movimiento, echando un rápido vistazo a las pinturas, entre las que, por cierto, se encuentra la mencionada Forfarina. Tiene a su espalda y entre las manos, enrollado, el catálogo de la exposición. Otra mujer a su lado, estática, sin la expresión de velocidad imprimida en el hombre, se inclina detallista sobre los cuadros expuestos. En la tercera escena, el hombre está de vuelta, de espaldas a nosotros, de nuevo con el catálogo desplegado. Llega, mira y se marcha, y pone mayor atención al catálogo que a las obras, mientras la mujer estaba, está y estará desentrañando la pintura. ¿Es una crítica al visitador veloz de los museos o a los que excesivamente buscan detalle tras detalle, punto por punto, sin terminar de analizar una obra? Quizás a ambos, porque no disfrutan de la contemplación retirada de la obra de arte. Quizás a ninguno. Para ella el tiempo está detenido y para él, el tiempo vuela. El reloj no ha movido sus manecillas e incluso vemos cómo la sombra a la llegada y a la vuelta, está en la misma dirección. No parece haber pasado tiempo, sino sólo en el hombre. Volvemos a la relatividad. Volvemos a Einstein.
Héctor Martínez Sanz y Onik Sahakian

Héctor Martínez Sanz y Onik Sahakian

Con Onik Sahakian realizamos un viaje especial por la pintura, de las Madonnas a Einstein, de Rafael a Dalí, del s. XVI al s. XX, sin que pase el tiempo. Todo queda en suspenso, todo queda unido y enredado. Todo se enlaza como en los sueños: de manera surrealista.
Información y recursos: