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Feb 282011
 

Desde los inicios de la civilización, el hombre ha querido guardar recuerdos de su actividad. Era un intento de eternizar lo vivido, el intento de dar cuenta de algo que pasó, sorprender los elementos que causaron impresión en formatos que no serían borrados por el paso del tiempo. En el momento en que el hombre sospechó por primera vez que se estaba muriendo, nació también el arte, que era el lenguaje infinito y sublime de la eternidad y el deseo de trascendencia. En los inicios, el arte se dirigía, desde las tristes entrañas del hombre, a la exterioridad, donde esperaba encontrar permanencia sin renuncia.

Así, las escenas de caza y pesca, los rituales, los ciervos de los petroglifos de Pontevedra o las representaciones circulares de las comunidades primitivas, son actos artísticos auténticos. No quieren ser fuentes históricas para un recuerdo colectivo sino que son, simplemente, manifestaciones sublimes que buscan la trascendencia.

A causa del rápido e implacable desarrollo tecnológico y su implementación en un mundo cada vez más globalizado, hoy día todo está en proceso de reconfiguración. En lo que a nosotros nos atañe, en tanto revista de arte con el propósito de señalar los actos artísticos y a sus creadores, la misión es cada vez más compleja: ¿cómo diferenciar entre las miles de propuestas que vemos y escoger a las más adecuadas? Por delante de nuestros ojos, que juzgan, critican, aceptan, alaban y descartan, pasan cada día más y más arte y artistas. ¡Cuánto ha cambiado el mundo en los últimos veinte años! Las tribus primitivas no tenían los instrumentos necesarios para inmortalizar sus actividades vitales y estamos seguros de que los que lo hacían – dibujadores de ciervos, por ejemplo – eran creadores, puesto que se atrevían a vivir a unas alturas que los demás ni siquiera contemplaban. Mientras los miembros de la aldea estaban de caza, un loco de remate esculpía unos círculos en una piedra: silencio, se está creando, el hombre que ha descubierto su finitud se lamenta y llora, ¡quiere trascender!

Serie Japonismos por Lucian Muntean

Serie Japonismos por Lucian Muntean

Pero en nuestros días parece imposible que en Occidente haya una casa sin una cámara digital, o por lo menos una Agfa de único uso. Todos nos podemos convertir en retratadores de nuestro propio deseo de trascender, guardando imágenes de circunstancias que cobran significado con el paso del tiempo. Todos somos potenciales creadores. Pero algunos respiran otro aire, un no sé qué oxígeno que les traslada del estado laxo de amanuense al nivel superior de creador.

Lucian Muntean es uno de ellos, un fotógrafo preocupado por retratar lo olvidado cotidiano por banal (como por ejemplo el pincel que pinta las letras, palabras o conceptos de la escritura japonesa), en tanto que medio para alcanzar un fin artístico. Muntean, a través de su obra está transformando en arte el mismísimo proceso artístico, propuesta, cuanto menos, inédita. Fotografiar el proceso, en su serie Japonisme, eludiendo el resultado final, tiene un significado profundo: en el arte es importante tanto el producto acabado (por ejemplo un cuadro) como la idea que llevó a él, la preparación, los cambios sufridos a lo largo del nacimiento, el proceso creador.

¡Cuánto habría significado para nosotros tener un archivo fotográfico de la creación de Mona Lisa! Tal vez el enigma de la sonrisa se desvanecería. El trabajo de Lucian Muntean es más el arte de crear que la creación misma, y la idea de retratar el proceso conducente al arte convierte al trabajo en creación misma.

La reconfiguración de las artes, de la creación pictórica y fotográfica, se está haciendo bajo la sombra todopoderosa de las tecnologías y mientras el arte se esté reinventando para que dentro de veinte años podamos hablar de los años diez, señalando y diferenciando con criterio las corrientes que ahora parecen desordenadas, hacen falta retratadores del proceso artístico – ellos mismos participantes – como Lucian Muntean, cuyas lupas sirven de guías e intérpretes de una permanente revolución.