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Feb 262011
 

por Antonio Babio Román


He sido testigo de cómo María de Sagarra busca con olfato infalible las ideas que con rapidez atrapa con su cámara. Convierte en imágenes las casas, las cosas, los monumentos y los momentos con avidez, pero sin desperdiciar pixeles, como si los pixeles costaran un mundo.

Los fotógrafos analógicos atesoran fotos sin disparar, que son como amores no consumados, porque el nitrato de plata es caro. María actúa como un fotógrafo del siglo XIX con una Nikon d80: no desperdicia ni un solo disparo, quiere ser certera. La foto es buena de una vez, se enamora ¡et voilà! Disparar como si su cámara fuera un subfusil AK-47 no va con ella.

El mundo partido en dos y vuelto a recomponer en composiciones simétricas que revelan su adoración por Jano. Ella tiene dos caras también, la seductora mujer criada entre dos islas, Madrid y Palma de Mallorca; y la artista empeñada en hacernos ver, o mejor, comprender, que lo que vemos en la realidad siempre puede ser explicado en su duplicidad.

La naturaleza es simétrica a veces, otras es monstruosamente informe. Se ha demostrado que entre los seres humanos el éxito en la atracción del sexo opuesto tiene relación con la mayor o menor simetría del rostro.

Reflejos en el ojo privilegiado de la cámara de María, sus imágenes de arquitectura callejera denotan la cercanía de esta profesión en algún área de su vida.

Venecia, bella anciana decrépita, la China imperial desaparecida, Hong Kong decadente con la torre de I. M. Pei (de nuevo arquitectura) organizando la fotografía en torno a una caótica macro urbe. Me pregunto la relación de María con la fatalidad tras disfrutar de la imagen tomada en París de un puente sobre el Sena. Podrías cruzarlo un millón de veces y siempre aparecerías en la misma orilla.

María se empeña en crear un mundo perfecto a través de sus obras: lo consigue creando sus simetrías imposibles. Mientras, el resto de los mortales nos conformaremos con ver sólo la mitad que ella.