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Jan 222011
 

RAMÓN, LA NORMA DESCOLOCADA

por: Héctor Martínez Sanz – escritor y filósofo
Nunca es la literatura quien nos da grandes nombres, sino que son ciertos nombres los que nos dan gran literatura, porque la literatura no existe sin las obras, y las obras no existirían sin sus autores. Esto, que parece una de las cinco vías tomistas, es una verdad como un templo, que deriva en una conclusión irrebatible: no hay huevo y gallina en este tema, no sería posible la literatura sin obras, pero perfectamente hay obras sin literatura. Todos los años lo percibo en la Feria del Libro, donde la relación entre títulos y literatura es inversamente proporcional. Sin embargo, lo hemos dicho, de vez en cuando surgen libros literarios, libros que son las semillas que germinan en el vasto campo de las letras. Son éstos los que impiden la paulatina desertización de las páginas y su transformación en páramo baldío. Hoy tengo el placer de prologar uno de ellos.

Apareció entre mi correo mientras me encontraba apartando granos de paja. El título no era título, sino titular, breve, conciso y enigmático. Igual que en el periódico, obligaba a leer el cuerpo de la noticia de la que Diego Vadillo informaba y de la que yo doy únicamente la entradilla.
Gómez de la Serna era trotskista, primera línea del libro, la cual tiene todo el peso del descubrimiento, del hallazgo sorprendente, insólito y, nunca mejor dicho, revolucionario. Nos sitúa ya en la primera línea de las revoluciones llevadas a cabo por Gómez de la Serna y Trotsky. Pero también nos deja entrever que, de los dos, el único nombre propio que aparece es el del español. Trotsky simplemente se vuelve adjetivo (del mismo modo surgirá ante nosotros Bismarck en lo que Diego Vadillo llama “juego de equivalencias”). Ya por el título-titular sabemos que Gómez de la Serna es el eje de este ensayo. Tan sencillo, tan directo y tan claro.

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