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Dec 172010
 

Por Héctor Martínez Sanz

En las cuestiones del arte siempre he sentido una sana envidia: desearía tener ojos de pintor y no sólo los ojos del espectador crítico. Descubriría todo aquello que el artista sabe y el público se pierde. Ahora bien, probablemente, si tuviera esos ojos, no escribiría, sino que tomaría el pincel y la paleta. Al fin y al cabo, el peor crítico siempre es un pintor, y el peor pintor siempre se dedica a la crítica. Veo y escribo hasta donde alcanza mi vista de público, con la frustración de no poder rebasar la frontera del cuadro mismo, el límite por el que, antes que objeto, el cuadro era una prefiguración del alma del artista enfrentado a una tela blanca. Por esta razón me gusta conversar con los artistas, pensando muy ingenuamente que alguna salpicadura de aquel mundo caerá sobre la mesa y podré recogerla, que alguna gota me ayudará a traspasar, acaso un poco, la obra acabada. Y he dicho “ingenuamente” porque es un intento vano, incluso absurdo: si el artista pudiera explicar su obra con palabras, no pintaría, escribiría, sería crítico y no artista, como hemos dicho. Peor aún si se trata de un ejercicio de autocrítica.

El artículo completo en Azay Art Magazine