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Dec 142010
 

Revista Niram Art

Estaba yo, impenitente parroquiano del Espacio Niram de Madrid, sentado a una de las mesas, copa de licor en la mano –probablemente hierbas-, cuando advertí, entre un conglomerado de cosas, un fino libro de pastas negras del que sólo podía leer “Colección Poesía”. La natural curiosidad del gato –madrileño que es uno-, mi condición de poeta en los ratos libres, aunque ensayista y crítico en lo demás y profesor en lo profesional, y esa necesidad humana de revolver entre las cosas ajenas, me hicieron sacar el libro de entre la maraña y, de primeras leer su título: “Ese rostro casi violento”. No suelo dejarme impresionar por los títulos de los libros, sobre todo porque la mayoría, al menos hoy, han dejado de tener que ver con el contenido para convertirse en un elemento ajeno al texto y más próximo al marketing. No dudo que es algo lógico y práctico, pues, como en mi caso, el título es lo primero que solemos leer. Sin embargo, esta vez, sí me llamó la atención: extraño título para un libro de poesía; ¿por qué “casi” violento? Y debo decir que en esta ocasión la curiosidad no mató al gato.

Pérez-Ayala al introducir sus poemas con una “Carta al lector” nos dice: ese rostro que ofrece casi la violencia es el del poeta al enfrentarse al mundo. Y, no me pregunten el porqué, pero en realidad me figuré a cualquier hombre que tras levantarse, sin haber todavía enfrentado el nuevo día que le ofrece el mundo, sino encontrándose en el límite, se contempla en el espejo del baño. ¿Acaso no es un rostro “casi” violento? Quiero decir, un rostro forzado, contrariado, que se reprime bajo el peso de una cotidianeidad que debe saber llevar sin reventar. Al fin y al cabo recibimos un acto violento que nos llega desde la responsabilidad en nuestras obligaciones; y nuestro rostro, nuestro espíritu, sumiso, no puede pasar del “casi”. Yo así lo entendía del “Autorretrato” final del libro: Ese rostro casi violento, / esa mirada desgarbada, / ese continuar adelante / porque lo pide la jornada. /(…) ese continuar en la brecha,/ (…) / Esa existencia insatisfecha.

Espero que no se tome como grosería antipoética ese momento del baño recién levantado y frente al espejo –independientemente de que se trabaje de noche o de día, el espejo es ineludible y se reitera en varios de los poemas de Pérez Ayala-. Para mí es el instante único en el que todos podemos rozar el ser poeta y el volvernos un tanto existencialistas: Al mirarte al espejo / Te vuelves a dar cuenta / De que no es ese el anhelo / De tantas esperanzas. / (…) Al salir a la calle, / Te das cuenta de que siempre / Está todo igual que antes / De producirse el cambio.

En ese momento nos ataca la igualdad de los días, el paso infatigable del tiempo sobre la nada y el vacío, la levedad del ser y la necesidad de su pesantez, o el replanteamiento del cambio de vida que queda como promesa vana. No es simplemente el querer dormir cinco minutos más. Es todo esto junto lo que, de un solo golpe, nos hunde, y, de hecho, la somnolencia es lo que nos salva de caer al abismo. Esto que acabo de mencionar son, precisamente, los temas predominantes de “Ese rostro casi violento” desde el primero de los poemas, en el que, con Javier Salvago, Al fin y al cabo cada día, / te planteas cambiar de existencia. También en “Algo acerca de nada” donde me pregunto si será suficiente, / ser nada, ni tener nada de nada, o en “Porque todo es nada”, y su recomendación no conozcas que “todo” es el precio / que hay que pagar por tener el alma / llena de algo que se quiere llamar “nada” o, por seguir señalando, en “Peso, luego existo”, juego con el primer principio evidente cartesiano, en el que pesan sobre ti los días y por lo que lo importante / es pesar sobre la tierra, y no sólo el unamuniano pasar el rato consolándonos por haber nacido, o el machadiano pasar dejando estelas en la mar. Pesar y no pasar, para no caer en el “vanidad de vanidades y todo vanidad”. Pesar y no pasar, porque lo que pasa es que los días parecen todos iguales.

El “fugit irreparabile tempus”, ese gran tema literario que ningún poeta deja sin tocar, lo percibimos, esencialmente, en todo el campo semántico que domina el libro: la palabra tiempo, años, los meses en que se dividen o las estaciones, el juego de verbos en pasado y verbos de tiempo, los adverbios ayer y hoy y siempre, locuciones como a veces y la flagelante expresión: el paso del tiempo… El poemario está lleno de referencias temporales que se unen al vacío, a la soledad, a la nada que decíamos antes. Observemos poemas como “A veces, por no decir siempre” que sentencia en su final: A veces sucede: pasa la vida, sin que haga falta señalar el “por no decir siempre” del título, que permanece como presencia invisible que no se menciona, pero que acompaña de continuo al “a veces” que en los versos se repite. Nos enfrentamos al tedioso agosto, al septiembre que te revive, al enero que pesa, al ciclo primaveral, al frío invernal siempre nostálgico que repasa los apuntes de la memoria, a los lunes que sueñan con los sábados… Pero, lo crucial no es el tiempo, ni su paso, sino su atravesarnos a nosotros. Todas estas referencias temporales son símbolos poéticos del ciclo vital –como bien enseñara, por ejemplo, Rubén Darío- y tienen su punto de origen y de llegada en nosotros. . No es la mirada garcilasiana, más alegre, sino la amarga visión barroca que se recitaba en el quevediano Hoy se está yendo sin parar un punto / soy un fue, y un será, y un es cansado.

Pasaba las páginas y leía. Y cada vez más el libro de Pérez-Ayala se convertía en el espejo que me reflejaba “casi” violento. Faltaba una cosa más. El amor, que el poeta define como una pegatina / en el fondo /de una caja de bombones. Ya saben ustedes aquello de que la vida, de la que hablábamos antes, es una caja de bombones… pues el amor es la pegatina del fondo. No es el sentimiento con el que se regala la caja, sino lo que queda tras agotarla, lo que queda después de haber amado, como la cultura es lo que queda tras olvidar lo estudiado. No es el deseo o la palabra del comienzo, sino que el amor deja de ser un deseo / y se materializa en un cuerpo, o también deja de ser palabra / y se convierte /en dos cuerpos. Siempre llega el momento en que hay que deshacerse de las flechas que me asignó Cupido, y, podríamos añadir, dejar de amar cuanto ellas tengan de hospitalario (Hay que señalar que Antonio Machado escribía “flecha”, en singular, y Pérez-Ayala lo hace en plural y así No entiendo esta acometida / quizás, por eso, sigo solo / a pesar de que me gustan mucho las mujeres).