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Dec 012010
 

Acido desoxirribonucleico (1)

A la búsqueda del poeta Emil Gabor


http://defesesfinearts.com/2010/08/acid-dezoxiribonucleic-in-cautarea-poetului-emil-gabor-de-eva-defeses/

Cuando tras un ser humano no queda nada, es como si nunca hubiese existido. Cuando me enteré por primera vez de su existencia, tuve muchas dudas sobre la autenticidad de la historia. La escuché atentamente, me dejé llevar, tragué el suspense casi sin respirar, me deleité y me horroricé, pero no la creí. Hubiera sido una buena película, hubiera sido una excelente novela. ¿Pero una Vida? ¿Hubiera podido una vida ser justamente así?

He retomado muchas veces el hilo de la historia, buscando informaciones concretas, gente que lo conoció. Es como si nunca hubiera existido. Este hombre no ha vivido, nadie se acuerda de él, es como si nunca hubiera nacido.  Es un muerto más, perdido en el cruel olvido de la gente y de dios.

Después de algunos años, partí a la búsqueda de Emil Gabor. Sólo tenía una fotografía antigua, escaneada horriblemente, y una historia contada por alguien que aún recordaba que había existido, una vez, un poeta llamado Emil Gabor. Sólo esto.

ADN / Wikipedia.es

ADN / Wikipedia.es

10 de Noviembre del 2004

 

Emil Gabor se había convertido en una presencia agradable en mi vida hacía ya bastante tiempo. Entre historia y realidad, su existencia se había transformado en una certeza. Una certeza que me hacía sufrir. Amaba el dolor, el sentimiento de impotencia, de inutilidad, porque estas cosas le conferían a él un nuevo soplo de vida. A medida que Emil resucitaba en mi mente, yo me sentía cada vez más furiosa. Ya era mío, sólo yo sabía de su existencia, y, sin embargo, yo era la única que no le había conocido. Me lo habían robado. Es injusto que no pueda llegar a él, para invitarlo a tomar un café, para ver la luz de sus ojos grandes y castaños. Lo veo frente a mis ojos, más bajo que yo, con sus ojos inmensos, oscuros, con su nariz fina, elegante, tan judía, el pelo castaño que se rizaba cuando estaba mojado.

El hecho  de que ya no había nada que pudiera hacer por él me llenaba de cólera. Y, de repente, decidí que tenía que existir algo que aún pudiera hacer por él. Algo con lo que podría recomponerlo, recrearlo y conocerlo. Por primera vez, entendí de verdad el poder de las palabras. No es una metáfora, no es poesía, no es la imaginación de una mujer romántica, ya que lo último que se podría decir sobre mí es que sea romántica.  No me gusta la poesía y desprecio a los poetas. Para ser exacta, desprecio la flaqueza humana que se esconde detrás de algunas palabras aliñadas supuestamente de manera “sensible” y “original” en un papel; me da asco la mediocridad que se asoma con rictus en tantos libros de poesía, me repugnan las frustraciones de los hombres flojos y banales disimuladas en versos y de los dramas imaginados de muchas de las mujeres que firman libros de poesía. Sí, amo la poesía cuando es verdadera, proveniente de dolor verdadero. Sólo un ser humano fuerte puede crear Poesía. Las lamentaciones de los hombres abandonados por la primera mujerzuela y las búsquedas metafísicas de las mujeres porque nadie les mira no las puedo llamar Poesía. Sólo un ser humano fuerte puede Amar.

Sabía que Emil Gabor había sido poeta pero no había prestado mucha atención a este aspecto, intentaba casi evitarlo. Fue así que me enamoré de la Poesía, cuando ya no me quedaba nada.

Como decía antes, había empezado mi búsqueda por Emil Gabor, y, muy rápidamente, me sentí sobrecogida por el desespero. Todas las pistas se obstruían, todos los recuerdos habían sido borrados con una goma, toda la gente que le había conocido, o había muerto o había enloquecido o simplemente desenvolvía de sopetón la amnesia frente a mi pregunta: “¿Quién era  Emil Gabor?”

Emil Gabor era poeta, era judío, estaba enamorado y murió muy joven. Todo se concentraba al final alrededor de la poesía, donde se unían todos los aspectos de su vida. Emil Gabor era un poeta sin poesías porque yo no había logrado encontrar ningún verso, ningún pedazo de poema, ningún fragmento marcado en la pared del cuarto donde había encontrado su fin.

El tiempo fue pasando y yo tenía un poeta muerto, cuyas poesías desconocía. Fue entonces que cedí frente a la Palabra. Puse todos mis esfuerzos en creer en todas las metáforas más o menos vacías que se leen en los libros de poesía o de religión. Creí en ellas con los ojos cerrados, sin dudar, porque quise creer. Me dejé llevar por la imaginación e imaginé que todas las historias eran verdaderas. Así, después de años de preguntas sin sentido, de sentimientos de desesperación y de culpabilidad, llegué a afirmar con fuerza: la Palabra está viva, la Palabra da vida.

Partí a Emil Gabor en trozos y encontré dos espirales girantes de ADN poético. Las poesías perdidas eran el único modo de recomponerlo, a partir de sus pedazos de versos unidos con torpeza por mí. Sólo así hubiera podido ocurrir el milagro: que tomara cuerpo de las palabras, de sus propias palabras. Esta era la única cosa que podría hacer por Emil: encontrar su ADN único, dispersado en decenas de hojas, en decenas de poesías y recomponerlo. Soñaba con el momento en que levantara el lujoso volumen bilingüe de la Editorial Niram Art y exclamase: “¡Mirad, éste es Emil Gabor!”. Página tras página, molécula tras molécula, célula tras célula, las espirales de la poesía de Emil Gabor comenzarían a prenderse unas de otras, según leyes que sólo ellas conocieran, a segmentarse, para después reunirse, a dividirse y a multiplicarse. Página tras página, línea tras línea, el milagro de la vida se mostraría en el libro y, al final, podría alzar mis ojos y verlo.

Allí, en un bosque lleno de niebla, se puede distinguir el perfil de un hombre fuerte. A medida que se acerca, noto su piel bronceada, sus brazos fuertes bajo la camisa blanca, que cae en desorden sobre los vaqueros. Camina pesadamente, lleva botas de piel, grandes, con un poco de tacón. En la mano aún brilla su alianza y la cicatriz de su dedo anular casi no se ve. Sonríe cariñosamente, como a una hermana.

Las alas del sueño se cortan, con ruido de huesos partidos…no tengo los cuadernos, no tengo nada. El ADN de Emil Gabor está perdido para siempre. ¿Y si aún pudieran existir, en algún lugar, estos cuadernos? Encerrados en el fondo de un cajón, guardados por una voluntad de hierro, obsesivamente almacenados en la caja fuerte de una habitación o de una mente. Siento que los poemas existen pero no sé dónde.

23 de abril del 2010

Molecula ADN

Molecula ADN

Con una dirección apuntada en un papel arrugado me voy a Bucarest, Calle Stirbei Voda. En el camino me repito sin cesar: la familia de Mihail Sebastian ha guardado con reverencia sus cuadernos, su diario…es imposible que las cosas de Emil Gabor hayan sido tiradas por los que le amaban. Hay que encontrar algo, por lo menos un solo cuaderno…

Me encuentro con su padre en un parque. Aunque es primavera, hace frío y caminamos tiritando sobre el sendero húmedo. No le miro los ojos porque trato de parecer calma, una periodista que ha llegado para preguntar sobre las poesías de su hijo y no una mujer en busca de una prueba de que el amor existe. No tiene que decir nada. Me doy cuenta, por su silencio, de que no tiene los cuadernos. Sigo, sin embargo, con el paseo, saboreando al máximo cada paso junto al hombre que fuera su padre. Cuando se aleja, siento  de repente todo el frío y la lluvia. Todo el calor de padre  con que me había calentado sin decir una palabra y que ha cesado, me hace aún más lúcida. La lluvia y el frío repentinos me revelan de un modo dolorosamente real todo lo que he perdido. Injusticia…grito en mi interior… Emil, ¿dónde estás?

La escena parece de una película francesa, de esas artísticas, que pasan en cámara lenta y te aburren tanto, de las que te hacen sentir un completo imbécil porque no entiendes su “arte”… me siento como un personaje de una película francesa, una muy mala película francesa, subraya una voz en mi cabeza. Es la voz que siempre tiene el cuidado de salvarme de las situaciones ridículas. Pero esta vez, me consiento un poco de relajación… un parque lluvioso, una mujer elegante, sola, en búsqueda de un joven poeta muerto, un hombre anciano, aún guapo que se aleja despacio en la lluvia.

Ya no reconozco nada alrededor. Las calles, la ciudad…la única realidad es que él ya no existe. No puedo ver nada más que su ausencia. Evito el encuentro con su madre. Es extraño pero siento que si me presentara a su puerta le recordaría a otra persona porque le haría la misma pregunta: “¿Aún guarda algo de Emil? Un pedazo de papel…algo…” Sólo podría cerrar la puerta en mis narices. No tengo tanto valor. No me asusta el ser echada a la calle, pero sí el hecho de preguntar la misma cosa que Ella. ¿Por qué me atormenta la misma pregunta que le ha atormentado también a ella, a la amada mujer de Emil, poco antes de perder la razón?

Aún queda una persona que podría tener la llave. Su hermana. Era pequeña cuando había pasado todo pero decidí creer en milagros, en cosas inexplicables, en lo que fuera. Se acerca con un paso enérgico. Es una mujer guapa, de la misma edad que yo. Tiene las más bellas y arqueadas cejas que jamás he visto y un pelo increíblemente largo y rizado, en el que casi desparecen los pendientes en forma de círculo. Tiene rasgos finos, elegantes y fríos pero su sonrisa le ilumina el rostro. Me sonríe y lleva algo en los brazos levantados sobre el pecho. Parece un hada cubierta de velos castaños. En la cadenita de plata del cuello noto una pequeña llave, hermosamente trabajada. “Llevo esperándote desde que era una niña”, parece decirme su mirada verde. No me hace muchas  preguntas, extiende sus manos blancas, con dedos largos y finos, encadenadas por las muñecas con dos pulseras de plata en filigrana. Me ofrece un cuaderno y después, con gestos de reina, se quita la cadenita del cuello y coloca  la llave de plata en mi mano. Le pregunto con la mirada qué hay que hacer con ella…dónde probarla. “Confío en ti”, susurra la joven y se aleja con la misma sonrisa cariñosa.

Han pasado varios meses. Hoy, la historia de Emil está casi cuajada. No es necesario que se sepan datos ni hechos. Érase una vez, en el Bucarest de otros tiempos, un joven judío que se ha enamorado de una bella rumana. Han huido juntos del mundo pero el mundo los ha alcanzado. En aquellos tiempos, los judíos pagaban con la vida por el atrevimiento de amar a una mujer rumana y él no se escondió, no opuso resistencia sino que se quedó en el mismo lugar y pagó el precio exigido. De la vida de Emil y de su amor han quedado sólo polvo y cenizas. Ha sobrevivido sólo su poesía, que escribió hasta que la última gota de veneno le entrara en la sangre. No le quedó ni siquiera la alianza, arrancada y arrojada a la basura por sus asesinos, como destrucción de la única prueba de la existencia de su amor.

Sin embargo, no han podido robar su poesía, no han podido matar la palabra. Hoy, desde las hojas amarillentas y los versos distinguidos con dificultad entre la niebla de los sueños, Emil Gabor vuelve a amar, Emil Gabor vuelve a hablarnos, Emil Gabor vive.

El hombre del bosque se acerca. Tiene los ojos inmensos, castaños, las pestañas largas y negras, curvadas, pestañas que le dan un aire triste y soñador, en gran contraste con su cuerpo atlético, fuerte y con su paso enérgico. Me sonríe con el mismo calor que su hermana y me coge de la mano. Coloca en mi palma una pequeña joya de plata, en forma de espiral.

Le muestro el libro y me besa en la frente. Después, se aleja lentamente. La imagen de película francesa vuelve a mi cabeza pero estoy demasiado feliz para darle importancia.

En mis manos, el libro y la espiral giran y encajan trozo con trozo, piel y carne unidos en papel y tinta, sangre y restos celulares que cuajan en palabras, hasta que ya no me doy perfecta cuenta de dónde comienza la palabra y dónde el ADN. Con lucidez, aprieto en mis manos la huella (2) poética de Emil Gabor.

24 años después, éste es Emil Gabor:

Emil Gabor

Emil Gabor

Notas:

1) El ácido desoxirribonucleico, frecuentemente abreviado como ADN (y también DNA, del inglés DeoxyriboNucleic Acid), es un tipo de ácido nucleico, una macromolécula que forma parte de todas las células. Contiene la información genética usada en el desarrollo y el funcionamiento de los organismos vivos conocidos y de algunos virus, siendo el responsable de su transmisión hereditaria.

2) Huella genética (también llamada pruebas de ADN o análisis de ADN) es una técnica utilizada para distinguir entre los individuos de una misma especie utilizando muestras de su ADN. Su invención se debe el doctor Alec Jeffreys en la Universidad de Leicester en 1984 y fue utilizada por primera vez en medicina forense para condenar a Colin Pitchfork en los asesinatos de Narborough (UK) en 1983 y 1986.

La técnica se basa en que dos seres humanos tienen una gran parte de su secuencia de ADN en común y para distinguir a dos individuos se puede explotar la repetición de secuencias altamente variables llamada microsatélites. Será poco probable que dos seres humanos no relacionados tengan el mismo número de microsatélites en un determinado locus. En el SSR/STR de perfiles (que es distinto de impronta genética) la reacción en cadena de polimerasa (PCR) se utiliza para obtener suficiente ADN para luego detectar el número de repeticiones en varios Loci. Es posible establecer una selección que es muy poco probable que haya surgido por casualidad, salvo en el caso de gemelos idénticos, que tendrán idénticos perfiles genéticos pero no las huellas dactilares.

La huella genética se utiliza en la medicina forense, para identificar a los sospechosos con muestras de sangre, cabello, saliva o semen. También ha dado lugar a varias exoneraciones de condenados. Igualmente se utiliza en aplicaciones como la identificación de los restos humanos, pruebas de paternidad, la compatibilidad en la donación de órganos, el estudio de las poblaciones de animales silvestres, y el establecimiento del origen o la composición de alimentos. También se ha utilizado para generar hipótesis sobre las migraciones de los seres humanos en la prehistoria.

Fuente: wikipedia.es