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Jun 302010
 
– Dedicado al novelista Héctor Martínez Sanz

Para ser un hombre, hay que tener honor

En la vida de una mujer sólo hay lugar para un amor, pero en la vida de una chica el imaginario romántico es mucho más extenso. Tenía 12 años cuando me enamoré por primera vez. Se llamaba Héctor. Hay quien dice que nunca se olvida el primer amor y lo cierto es que me fue imposible olvidarlo. ¿Qué tenía él de especial? ¿Por qué me enamoré de él y me daban igual los demás? Desde los 12 años, el nombre Héctor ha sido para mí sinónimo de la palabra “honor”. Con cada verso de la Ilíada, Héctor me enseñaba lo que era el honor, la valentía, el respeto y el amor hacia una mujer, un hermano, un país. Me daban asco Paris y Aquiles. En mi corazón sólo había lugar para él, Héctor, el más valiente, el único honrado. No me gustaban los dioses ni otros héroes de la mitología griega.Ulises no me supo impresionar y tampoco Hércules. Fue Héctor quien me dio la más importante lección de la vida: no puede haber amor sin honor, ni amistad, ni fraternidad, ni valentía. Para ser un hombre, hay que tener honor, me sigue diciendo Héctor, el domador de caballos.

A los 14, caí en la pasión arrebatadora de Heathcliff. A los 16, el poeta Eminescu me enseñó lo que era el verdadero romanticismo y a los 17, época de grandes convulsiones y rebeldía, daba mi corazón a Raskolnikov. A los 24, al encontrar al hombre que tenía el sentido del honor y la valentía de Héctor, la pasión de Heathcliff, el romanticismo de Eminescu y la locura de Raskolnikov (y mucho más), me casé.

Pero nunca abandoné a Héctor. Mi película preferida es Troya, mi actor preferido es Eric Bana (en Troya), mi libro preferido es la Ilíada…No hay nada que Héctor no pueda enseñar, su camino será siempre el correcto. El “honor” parece ser una palabra que ha pasado de moda. Ya nadie se acuerda de lo que significaba en la época del gran héroe griego. Es curioso que mi canción de amor preferida lo mencione varias veces: “¿qué ha sido del hombre de honor?”, “quiero ser el que guarde tu honor” dice la letra de esta magnífica canción del grupo israelí Subliminal, que es, extrañamente, un grupo de hip-hop. ¿Por qué será que la pérdida del honor parece ser lo más horrible y vergonzoso que pueda acontecer? Porque, responde Héctor desde los libros antiguos, para ser un hombre, hay que tener honor.

Desafortunadamente, los hombres con honor nunca destacan, es la diferencia entre la plata y las lucientes imitaciones con grandes piedras postizas. Las joyas de plata tienen un colorido oscuro y hay que saber pulirlas y darles el cuidado necesario para que brillen con toda su luz. Pero, brillarán durante siglos. Las imitaciones no necesitan ningún cuidado, tienen un brillo falso que pasa deprisa y deja atrás un sabor de amargor mezclado con asco. El mal sabor de lo no genuino. Ser o no ser genuino es lo que diferencia a los hombres en cualquier campo de actividad que tengan.

Para ser un escritor genuino, hay que ser primero un hombre genuino. Hay que conocer la diferencia entre construirse una personalidad y tener una personalidad, entre ser listo y ser sabio. Héctor Martínez Sanz es una persona genuina y gracias a esta cualidad sus escritos conquistan. Tienen aquel perfume único de algo vivido, sufrido, experimentado y no simplemente imaginado o fingido. Hay personas, y los ha habido desde el comienzo del mundo, que son los “típicos chicos listos del pueblo”. Todos los pueblos los tienen y todos los campos de actividad. El Poeta Eminescu ironizaba muchas veces en sus versos sobre los jóvenes que hablaban por la nariz, imitando el acento francés, para que parecieran cultos. Era la moda de entonces, pero hoy en día, los que quieren impresionar a todo costa siguen el mismo modus operandi.

Es bastante fácil distinguirlos aunque, al principio, tal como las imitaciones con grandes piedras postizas, te puedan engañar. Los chicos listos del pueblo son los que se construyen meticulosamente un estilo, se crean una personalidad. Eligen cuidadosamente las partes para componer esa personalidad, ensayan frente al espejo las líneas y…tam tam… aquí está la personalidad, única y original. Son los que no pueden existir sin algún tic, sin cierta ropa o cierto corte de pelo, o incluso sin cierta forma de andar o de acentuar las palabras. Los chicos listos del pueblo se rigen por una única norma: más vale ser el primero en mi pueblo que el último en la ciudad. Si les quitas todo estos rasgos que han implementado en ellos mismos ya se encuentran desnudos de cualquier encanto, como una joya postiza a la que se le ha pasado el brillo. Inteligentes y con sentido del humor, los chicos listos del pueblo, sin embargo, nunca andarán por el camino de la sabiduría y su brillo en vez de aumentar con el tiempo, disminuirá. Son los que, al pasar los años, siempre empezarán las frases con: cuando yo tenía “no sé cuántos” años hice eso, hice aquello…

Los hombres conscientes de su valor no necesitan recurrir a tantos artificios para impresionar a la gente. Mejor dicho, ellos no necesitan impresionar a nadie. Las personas genuinas no dan gran importancia a la forma de vestir ni escogen cuidadosamente las palabras ni presumen públicamente de sus amistades.

Héctor Martínez Sanz es aquella persona, que, tal como dice la etimología de su nombre, en vez de tratar de impactar, “sostiene” – (ejein), con el significado aproximado de “el que sostiene”-. Sólo él es capaz de sostener el ritmo de una novela de amor. ¿Para qué más una novela de amor en este mundo? Está el mundo lleno de historias de amor, de peliculas de amor, no hay nada más cursi que el amor en la literatura, en la música, en las artes o hasta en la vida. Detesto la palabra “amor” y todo el arsenal de sensibilidades kitsch que viene con ella. No me fío de ninguna historia de amor y de ninguna persona que presuma públicamente de sus amores o amistades. Si amara o si de verdad conociera el valor de la amistad, no lo diría. El poeta Eminescu advierte muchas veces sobre la falsedad de lo públicamente expresado, pero hay que ser un hombre de honor para saberlo.

Por eso mismo, digo: lo más dificil de escribir es una historia de amor. Héctor Martínez Sanz lo ha conseguido siguiendo una única ley: ser genuino. Ha conseguido dar al mundo una novela de amor y de honor sin pedanterías, sin exageraciones, sin inflamaciones falsas, sin sentimientos fingidos.

A Héctor Martínez Sanz sólo le puedo decir que tendrá que tener el valor del héroe de la Iliada y su mismo sentido del honor para no hacer caso ni a las palabras laudatorias ni a las injurias. Los poetas deprimidos y lamentables, los impotentes aspirantes a filosofía y todos los animalitos que componen la fauna del mundo literario escupirán sus frustraciones hacia él.

Las críticas caerán y los elogios te elevarán al cielo. Tendrás, como todos los hombres, que enfrentarte a odios y a laureles, a envidias y a admiraciones. Pero hay una sóla cosa a la que, te puedo garantizar, nunca te enfrentarás: al peor de los despechos, él de una mujer, el mío.

El camino de la sabiduría se extiende libremente bajo tus pies. ¡Atrévete!

“Así celebraron las honras de Héctor, domador de caballos”. (Homero, Iliada XXIV)